C. 1 - ¿De qué hablamos cuando hablamos de “Realismo” en Literatura?
Los
leyentes más o menos entrenados saben que la Literatura es un artificio, un sistema de producción
verbal que se caracteriza por ser irreal respecto de la naturaleza e
inexistente respecto de la vida. Pese a que se trabaje con este supuesto, algunos
críticos, reseñistas, profesores y lectores insisten en denominar “Realismo” o “realistas”
a estructuras literarias que representan, con lenguaje transparente y fuertes referencialidades,
aspectos del mundo tal como los conocemos o como presumimos que los conocemos:
ya sea paisajes (el Realismo y el Naturalismo del siglo XIX), acciones históricas
(Guerra y paz, de León Tolstoi),
personajes auténticos (la Novela Biográfica) o diálogos potencialmente verificables
en el uso cotidiano (la narrativa de Manuel Puig). Una parte de aquellos
también emparenta o confunde –en un hipotético exceso de objetivismo– al
narrador de esos textos “realistas” con su autor, sobre todo si relata en primera
persona del singular. “Nada más fidedigno que las literaturas del yo”, parece
ser la consigna.
Proponemos
aquí una antítesis [1]: si existiese el Realismo en Literatura, es
decir, si los textos se construyeran solo en base a analogías con la naturaleza
y la vida social, con un lenguaje eminentemente referencial (por ejemplo sin
invenciones, ni mitos, ni figuras retóricas, ni metáforas), los lectores advertirían
que esos textos contienen elementos verdaderos y falsos, como acontece cuando analizan
artículos de prensa o noticieros radiales y televisivos. En estos dos casos, suelen
comprobar que una información es verídica o falaz, que tiene un determinado
sesgo ideológico o que el periodista/locutor pretende poner en evidencia un
factor de la noticia mientras oculta otros factores. Pero a nadie en su sano
juicio se le ocurriría opinar que le resulta falso que a Leopold Bloom [2]
le apetezcan “los riñones de cordero a la parrilla”, porque dejan en su paladar
“un sutil sabor de orina levemente olorosa”.
La
diferencia, creemos, queda clara: el periodismo es un género que necesariamente maniobra con la realidad
y de ser posible con la verdad (salvo que lo ejerzan trabajadores chapuceros). La
Literatura, en cambio, no.
Una
de las explicaciones para este contraste reside en que Verdad y Falsedad son
categorías lógicas pertinentes en el ámbito de la comunicación. Todos estamos
al tanto, aunque sea intuitivamente, que existen enunciados auténticos, verificables,
incomprobables, embusteros, etc., puesto que en la vida los seres humanos pragmatizamos el sentido: utilizamos
lenguajes verbales y gestuales en común para dialogar a partir del contexto donde
nos situamos. Estas categorías lógicas, sin embargo, no son pertinentes en Literatura
porque cada texto es un sistema autónomo: el Sol puede girar alrededor de la
Tierra sin ningún problema en una novela precopernicana, a pesar de que suceda lo
contrario en el Universo. Y no habría tergiversación manifiesta en ese hecho,
siempre que el relato sostuviera una coherencia interna y el Sol girara
alrededor de la Tierra a lo largo de todas sus páginas o tuviera un motivo para
dejar de hacerlo.
Es
que la ficción literaria se distingue del periodismo, entre otras cosas, por
producir fragmentos de una vida imaginaria limitados por un marco que
empieza con un título y que termina con el punto final del último enunciado –o
la palabra fin–. Y además se distingue
por asignarse normas de funcionamiento propias que raramente concuerdan con las
leyes de la naturaleza y las convenciones sociales: Leopold Bloom no es un
amigo dublinés con gustos exóticos, es un personaje de ficción y, por tanto, no
importa si juzgamos asquerosas o divertidas sus apetencias gastronómicas
Insisto:
no hay realidad dentro de un texto ficcional; hay, más bien, una reconstrucción
distorsionada del mundo y de la sociedad sin referencias directas, por lo cual no
se le debe exigir a un argumento que sea verdadero.
Se le debe pedir, en todo caso, una cohesión interna estructural, semántica y
estilística dentro de Lo Fictus. Ni
siquiera cuando un leyente en trance se devora la autobiografía de un personaje
célebre, se introduce en las peculiaridades de su vida; apenas asimila la
imagen que ese personaje pretende brindarle. Una operación literaria que el
teórico Mijaíl Bajtín llama “estilización de la realidad” en su libro Teoría y estética de la novela.
De
la misma manera, vale acentuar que el narrador jamás se corresponde
directamente con el autor, inclusive si se trata de una novela confesional o
epistolar escrita en primera persona del singular. El narrador es una “fuente
artificial de enunciación” instituida por el autor, como bien señala Ricardo
Piglia en Teoría de la prosa.
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Interpretaciones “realistas”
Es
cierto que, hasta las primeras décadas del siglo XX, la mayoría de los lectores
y reseñistas otorgaba relevancia a una narración de acuerdo con el grado de
verosimilitud que sustentara y con la biografía de su autor: los análisis psico-literarios
de Sigmund Freud son un modelo. Si un escritor había trabajado de niño en una
fábrica de botellas y contaba esa experiencia traumática, se estaba en
presencia de una “literatura auténtica”. Es decir, se premiaba el efecto de mímesis, como lo demuestra el éxito de
público que tuvieron Charles Dickens, en Inglaterra, u Honoré de Balzac y Stendhal,
en Francia. No casualmente varias de las novelas y los relatos que alcanzaron
el favor –y el fervor– de la gente fueron publicados por capítulos en periódicos
de la época, una “garantía de verdad”, según se estimaba entonces.
No
obstante ese dato, que pertenece más a la Sociología de la Recepción que al
análisis literario en sí, habría que preguntarse si aquello que los lectores enaltecían
como “auténtico” no era otra cosa que una serie de procedimientos del lenguaje
que naturalizaban lo artificial desde
una postura ideológica que se había impuesto como convención: la verosimilitud
como valor literario. Una vasta parte de las teorías literarias contemporáneas
diría que sí.
Para
ilustrar esta idea recurro a una hipótesis contrafactual: imaginen que inventamos
La Máquina del Tiempo, soñada por H.
G. Wells en 1895, abducimos a un lector dickensiano (o balzaciano, si quieren),
lo hacemos aterrizar en la Buenos Aires del siglo XXI, lo anoticiamos sobre los
acontecimientos más importantes del último siglo en Sudamérica y le pedimos que
lea la novela Nación Vacuna, de
Fernanda García Lao. Si ese hipotético leyente mantuviera sus creencias y
valores en materia de Literatura, desecharía el libro al grito de “¡Falso,
falso!”, apenas queda sugerido en la narración que Argentina ganó la Guerra del
Atlántico Sur. Moraleja: la lectura es una práctica socio-cultural cuyas reglas
son provisorias, contextuales e históricas. Nadie que yo sepa lee ahora como se
leía en el siglo XIX.
Consideramos
que un enfoque semejante facilita el estudio del Realismo literario, que no se
basa únicamente, como ciertos críticos suponen, en la clonación verbal de aspectos de la naturaleza y de la sociedad tal
los percibimos. Se trata, más bien, de una convención aplicada a la producción literaria
con la elaboración de procesos causales que “no difieren de los del mundo
real”, como lo define Jorge Luis Borges en su ensayo El arte narrativo y la magia. Lo que algunos teóricos designan “Causalidad
verosímil”. En concreto, relatos que le dan prioridad a la representación del
Universo conocido.
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Vasos comunicantes del Realismo con la magia
Gracias
a los estudios filosóficos y lingüísticos sobre la producción verbal que se
desarrollan desde fines del siglo XIX, sabemos que la ficción no se fundamenta
en una mímesis más o menos camuflada de la vida (posición ultrarrealista), ni
la vida imita a la Literatura (posición surrealista), aunque habría que
analizar el caso de la economía argentina, menos emparentada con la disciplina
político-matemática que se aplica en el resto del planeta que con una ficción. Del
mismo modo, sabemos que la realidad no se refleja en la Literatura más que como
una referencia reinterpretada o traducida por el lenguaje. Ni siquiera se evidencia
con fidelidad en géneros que trabajan a partir de cierta veracidad (la
biografía, el ensayo, la historia o el periodismo), ya que nada les prohíbe la
inclusión de mentiras. A lo sumo, se conjetura que las ciencias exactas y
naturales son un espacio de Saber empírico y de Verdad, pero una verdad
transitoria que cambia, se rectifica o es refutada a partir de nuevas
investigaciones.
En
contraste, el territorio del llamado “Pensamiento humanístico” –dentro del cual
está inmersa la Literatura– se caracteriza por un “No Saber”, por dudar, sospechar
e intentar alcanzar continuamente un poco más de discernimiento, como dice el
filósofo Jacques Derrida. Diría más, no solo expresa un No Saber sino también un Contra
Saber: una gran cantidad de ficciones cuestionan o se muestran enfrentadas
a la sociedad, a la naturaleza y a las convenciones impuestas como “La Realidad”.
Con
el párrafo precedente, no pretendo caer en el dogmatismo de que la Literatura
se manifiesta como un cosmos absolutamente emancipado,
sin correspondencias con lo que todos deducimos es la vida. En absoluto. El
primer vínculo con Lo Real se apoya, por supuesto, en el lenguaje. Al menos en
los géneros narrativos, el lenguaje despliega, entre otras muchas, dos funciones:
la pragmática-comunicativa, que
remite al espacio de común entendimiento entre escritor y lector, y la autorepresentativa, que explica, exhibe
o dramatiza su propia articulación sintáctica y semántica: una lógica propia.
Borges
analiza, ya en la década de 1930, que hay dos tipos de “procesos causales” en
una novela: uno que “finge o dispone una concatenación de motivos que se
proponen no diferir de los del mundo real. Su caso, sin embargo, no es el
común”. Subrayo el verbo finge conectado
a fictus. El segundo proceso causal,
escribe, tiene similitudes con “la primitiva claridad de la magia”, que es “la
coronación o pesadilla de lo causal, no su contradicción”. Y concluye: “En la
novela, pienso que la única posible honradez está con el segundo. Quede el
primero para la simulación psicológica”. En estos parágrafos, el autor de El Aleph –un lector sumamente agudo al
que le debemos varias teorías de lectura– distingue muy bien entre una Causalidad verosímil y una Causalidad ficcional. Esta última prima
en Literatura.
Claro
que no es el único que habla acerca del tema. En la década de 1860, Karl Marx
cuestiona la noción en sí de realidad porque no puede comprobarse “una esencia”
de Lo Real (al fin y al cabo es un romántico y busca las esencias hegelianas). Lo que sí hay, según su análisis, es una “coincidencia
colectiva”, una “valoración ideológica” que imponen las clases dirigentes (“El
relato”, diríamos ahora). Basado en esta idea, plantea, en el Epílogo de El Capital, una construcción “activa y
dialéctica constante” de la realidad.
Por
su parte, en La genealogía de la moral,
Friedrich Nietzsche da, veinte años más tarde, un paso muy discutido a favor de
la Filosofía del Lenguaje al otorgarle a la Literatura un valor superior al de
la Filosofía porque “crea una realidad” en lugar de “pensarla o describirla”.
En su opinión, la ficción-mentira tiene prevalencia sobre la realidad-verdad:
una nítida operación de transvaloración
de las convenciones de su época. Para el filólogo prusiano, Lo Real es apenas
una valoración ideológica, una idea condicionada con la que no siempre
coinciden los seres humanos. Por eso, aventura que no existe la esencia de Lo
Real, solo hay interpretaciones de la realidad. Uno de los conceptos nietzscheanos
más justipreciados por teóricos posteriores es la idea de desmontar cualquier
pretensión de Verdad absoluta en los
textos –sean ellos literarios, filosóficos o históricos– que viene de la metafísica.
Finalmente, el Postestructuralismo francés enfatiza, ya en la década de 1960, que el modelo literario “realista” impone signos “supuestamente naturales” que tienden a “ocultar o borrar” el carácter de producción del lenguaje con el objetivo de que los lectores crean que perciben una parte de la realidad. En el fondo, sostiene Derrida en coincidencia con Nietzsche, otro prototipo de idealismo platónico.
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Bibliografía recomendada para profundizar en el tema Realismo
Notas
[1] - El uso de la primera persona del plural, un vicio de la crítica y la teoría, se debe a que el ensayo literario suele edificarse como un pensamiento colectivo a partir de ideas y textos que preceden al escritor. Lo que algunos teóricos llaman intertextualidad, paráfrasis o meramente plagio de ideas.
[2] - Leopold Bloom es el personaje
principal de la novela Ulises, del
irlandés James Joyce.
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Glosario
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Artificio: algo sin naturalidad. En Literatura podría definirse como un
procedimiento para simular una realidad textual. Es lo contrario de mímesis.
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Fictus (latín): ficticio, falso, artificial. En Literatura, se trata también de
la lógica de articulación de cada texto.
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Mímesis (latín): copia más o menos natural de lo que vemos. Imitación. Lo
contrario de artificio.
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Pragmática (latín): es una parte de la Lingüística que estudia el lenguaje en
relación con las circunstancias de comunicación humana. Pragmatizar: es un
neologismo que se refiere a la acción de adaptar nuestra escritura o habla para
comunicarnos con otras personas. Su contrario es despragmatizar.
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Realismo: es una escuela literaria surgida en la segunda mitad del siglo XIX
que se caracteriza por brindar en sus textos información detallada de paisajes,
personajes y acciones, con la intención de que el lector los imagine fácilmente
y los suponga verosímiles. Utiliza causalidades que no difieren de las de la
naturaleza y la sociedad.
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Transvaloración: término acuñado por Nietzsche al referirse a la necesidad de
cambiar los valores (transvalorar) impuestos por la Metafísica desde la Antigua
Grecia.