El Tío en el gobierno o el huevo de la serpiente

Se cumplen 50 años de un hito peronista: el triunfo, con casi el 50 por ciento de los votos, de Héctor J. Cámpora, el delegado en la Argentina del fundador del justicialismo. Lo que fue un día de fiesta para la democracia, se convirtió pronto en la fiesta del monstruo.




Fue una resonante victoria del hasta ese momento invicto peronismo y, sin dudas, abrió las puertas del regreso definitivo de un presidente que había sido ungido dos veces por el voto popular y depuesto por una dictadura que profundizó los males argentinos que se le atribuían a Juan Domingo Perón. Un día de fiesta democrática al que adhirió hasta la principal derrotada de la contienda, la UCR del “Chino” Ricardo Balbín.

El 11 de marzo de 1973 no sólo marcó uno de los picos más altos de la historia de participación popular en las calles –comparable tal vez con el fin de la II Guerra Mundial, en agosto de 1945 o la primavera alfonsinista-, sino que venció el oscurantismo de una autocracia que quería perpetuarse y apeló a la vergonzosa quema de urnas en el río Matanza (1) para que el “Tío” Héctor J. Cámpora no alcanzara el 50% necesario para evitar un ballottage, una segunda vuelta que nunca se concretó gracias a la honestidad intelectual del líder radical.

Claro que ese día tiene dos perspectivas que debieran analizarse.

La primera, con “flashback”. Porque el 11 de marzo fue el punto culminante de un proceso conocido por la consigna “Luche y vuelve”, que escondió detrás luchas obreras, la resistencia peronista y no peronista, una dictadura que había apaleado a los científicos argentinos hasta echarlos del país y el nacimiento de la lucha armada inspirada en la guerrilla cubana.

Y ese día se acabó con 18 años de elecciones digitadas y proscripciones políticas, durante los cuales estuvo prohibido, por ejemplo, nombrar a Perón (“El tirano prófugo”, “El dictador depuesto”) o a Evita (El “Viva el cáncer” pintado en el Obelisco habla más del trastorno de los autores del graffiti que de la llamada “Abanderada de los humildes”).

Esa marea de marzo del ’73 no puede explicarse sino por la “peronización” de la clase media que elaboró una victoria arrolladora junto a obreros y estudiantes (la entonces omnipresente JP), aunque esa fiesta democrática durara apenas unos dos meses…. Porque, claro, también hay una perspectiva del 11 de marzo hacia el futuro próximo, el ’76.

El dictador Alejandro Lanusse había pergeñado una cláusula electoral para evitar el “bochorno” de ponerle la banda a Perón. Entonces, exigió a los candidatos a Presidente un tiempo largo de residencia continua en el país en el período anterior a las elecciones. El viejo líder, más pícaro que su compañero de armas, inventó de inmediato la candidatura del “Tío”, a quien hizo renunciar 49 días después para llamar a elecciones libres. El comienzo del fin…

La matriz autoritaria. Perón, se sabe, había participado en el golpe de Estado a Hipólito Yrigoyen, según él mismo confesó en su libro “Tres revoluciones”; fue unos de los líderes del golpe de 1943 contra Ramón Castillo junto al general Edelmiro Farrell; y durante sus primeras dos presidencias, tuvo vínculos conflictivos con los partidos opositores, a cuyos líderes encarceló o empujó al exilio a la manera de Juan Manuel de Rosas. Aunque al menos no los mandaba a degollar como el estanciero fundador de la asociación que precedió a la Sociedad Rural.

En los años ’70, lo esperaba en la Argentina una compleja articulación tejida en sus 18 años de exilio con sectores antagónicos del Movimiento Nacional Justicialista: los nacionalistas neo-fascistas que enarbolaban “La Patria Peronista” y los sectores católicos que se radicalizaron en “La Patria Socialista”. Como garante de la unidad, el líder aceptaba a todos los sectores, siempre y cuando “no sacaran los pies del plato”. 

Perón no vaciló en apoyar a través de sus cartas desde Puerta de Hierro “las formaciones especiales” para socavar a quienes fomentaban un peronismo sin Perón y a la Revolución Argentina, que tenía planes para eternizarse. Con apenas gestos, desarticuló esos dos proyectos: en el primer caso,  Augusto Vandor, el poderoso jefe de la UOM, fue asesinado el 30 de junio del 69 por una célula que, según distintas investigaciones, pertenecía a la agrupación “Los Descamisados” o a la CGT de los Argentinos. En el segundo, se produjo al acto de bautismo de Montoneros: el secuestro y asesinato del dictador Pedro Eugenio Aramburu, el 1º de junio de 1970. 

En su tercera presidencia, Perón tampoco vaciló en utilizar la violencia para rechazar la influencia de la izquierda entre grandes sectores de jóvenes y estudiantes. Estos, al igual que la CGT de los Argentinos en los años ’60, soñaban que el líder se pondría al frente de la revolución social. Y cuando llegó la decepción, desafiaron su autoridad con el asesinato del líder de la CGT, el también metalúrgico José Rucci, y acciones armadas contra cuarteles. Finalmente, fueron expulsados del partido durante el famoso acto del 1 de mayo de 1974, en el que Perón los llamó “estúpidos” e “imberbes”. Unos días antes, el líder ya había convocado al comisario general Alberto Villar, mano derecha de José López Rega en la Triple A, para ocupar la Jefatura de la Policía Federal, con el objetivo de reprimir la guerrilla.

A partir de entonces, el gobierno de Perón y el de su sucesora, Isabel, iniciaron un raid de violencia en el que prohibieron medios de prensa, efectuaron golpes institucionales en las provincias de Buenos Aires y Córdoba, donde se obligó a renunciar a los gobernadores electos el 11 de marzo del ‘73 Oscar Bidegain y Ricardo Obregón Cano por “izquierdistas” y la Triple A atentó contra dirigentes e intelectuales de la Tendencia Revolucionaria y del Marxismo.

Camino al 24 de marzo. El enemigo no era esa vez la oposición ni los militares, sino un sector interno del MNJ. Esto detonó la radicalización de la guerrilla y la de los grupos parapoliciales. Para peor, la muerte de Perón “aceitó” el accionar de López Rega, debilitó la democracia y generó el sentimiento de descalabro entre grandes sectores de la población.

No puede dejar de mencionarse que los sindicatos más representativos, con su participación en la facción de derecha y con sus exigencias de políticas distributivas, también precipitaron el final. De hecho, los gremialistas carcomieron el gobierno con paros y con acciones violentas de sus propias “formaciones especiales”, como la Juventud Sindical Peronista y Concertación Nacional Universitaria, que atentaban contra “sus pares” de izquierda o firmaban solicitadas en las que "festejaban" el asesinato de opositores.

El último pilar de la ruina fue el derrotero económico del país, que estuvo signado por una carrera irresponsable entre inflación, precios y salarios, impulsada por los pactos sociales entre gremios y empresas. Cuando la economía parecía estallar, el gobierno de Isabel ensayó en 1975 una violenta devaluación de la moneda (150%) y el congelamiento relativo de salarios (suba del 45%), medidas que pasaron a la historia como “El Rodrigazo”, en referencia al ministro de Economía Celestino Rodrigo. El plan terminó de quebrar el frente interno del MNJ y agudizó la violencia paraestatal, con la intervención de universidades y sindicatos. Por su parte, el aparato sindical expresó su enojo con la primera huelga general a un gobierno peronista en la historia y con una movilización de repudio contra López Rega y Rodrigo, quien cayó en julio de 75, 49 días después de su brutal plan de ajuste, elaborado por su asesor Ricardo Zinn, quien integró meses después el equipo de José Alfredo Martínez de Hoz.

Por su parte, las principales asociaciones patronales, coordinadas por el entonces titular de CARBAP, Jorge Aguado, realizaron un lock out de repudio al Gobierno, mientras los partidos políticos eran sobrepasados y no pudieron brindar una solución al sistema democrático, aun con algunos intentos estériles del “Chino” Balbín e Italo Luder, la versión más moderada del peronismo.

El 11 de marzo concluyó así en el 24 de marzo, en la noche más negra de la Argentina.

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Nota: 

(1)  - Este cronista, entonces de 8 años, fue testigo de la quema junto su padre, ese día fiscal del Frejuli en una escuelita perdida de Gregorio de Laferrere, La Matanza, donde de cada 100 votos, 80 fueron para Cámpora.