El trágico fin de los bailanteros
La madrugada del 8 de septiembre de 2002, Walter Olmos, apodado “La locomotora catamarqueña” tenía dos buenos motivos para festejar. El primero, que su disco “A pura sangre”, que había sido grabado gracias al impulso del “Potro” Rodrigo Bueno, vendió la placa Nº 300.000, algo inusual para un cantante cuartetero. El segundo, que el concierto de esa noche en la Capital Federal lo había consagrado definitivamente ante el gran público de la bailanta.
Con la idea de celebrar junto a su banda, hizo subir a la pieza del hotel que ocupaba dos pizzas de mozzarella y dos botellas de cerveza bien frías. Estaba alegre y distendido. Por eso, nadie entendió por qué decidió jugar a la ruleta rusa y mucho menos con un revolver ’32 cargado con una bala de mayor calibre que, dada las circunstancias, nunca debió haberse disparado.
“Él acercaba el arma a nuestras cabezas. Como estaba trabada, la bala nunca salía. Después se la puso en la sien y gatilló. La cabeza le estalló. Sólo alcanzó a dar un suspiro”, contó ante la policía Gabriel Passaro, auxiliar de Walter.
Con apenas 20 años, el catamarqueño seguía el camino de Rodrigo, fallecido durante una carrera alocada en una autopista. No era la única coincidencia entre ellos: Olmos, nacido en San Fernando del Valle el 21 de abril de 1982, no sólo fue considerado por el mundo de la música tropical el sucesor de “El Potro”, sino que debutó profesionalmente gracias a que el cordobés escuchó su adaptación con ritmo de merengue de “Por lo que yo te quiero”, de “La Mona” Jiménez. De ese modo, el comenzó a “hacer la bailanta” en la provincia de Buenos Aires, la Costa Atlántica y la Capital Federal.
Noemí del Valle Nieto, su mamá, le dijo a la revista Gente que Walter “sabía que iba a morir joven y tenía miedo de terminar como Rodrigo”. Justamente por eso, su padre Bartolomé pensó que detrás del juego macabro con el revólver “hubo una meno negra”. Incluso a su novia, Vanesa Passaro, le pareció “increíble” que después de prometerle por teléfono que le prepararía el desayuno “se suicidara”. Sin embargo, su suerte estaba echada: a las 0.6 de ese domingo sacudió de un balazo la habitación 22 del hotel San Cristóbal Inn.
El grupo de cuatro hombres que rodeaba a Walter lloraba en estado de shock, sin poder comprender qué había sucedido con el cantante que yacía de espaldas con la cabeza rota. Carlos Ponce, uno de los testigos, dijo a la policía que el cuartetero “sólo alcanzó a emitir un fuerte resoplido antes de morir”. Galera, otro músico, no pudo declarar, tal el ataque de nervios que sufría. Passaro, futuro cuñado de Olmos, declaró en la comisaría octava de la Policía Federal que “jugaba con una pistola Bersa calibre 22 largo automática” que le habían prestado porque tenía miedo de ser asaltado en la ruta.
Además contó que “Walter la tenía primero sin el cargador. Acercaba el arma a nuestras cabezas y gatillaba. Y luego se apuntaba él y hacía lo mismo. Después colocó el cargador, pero como sabía que el arma estaba trabada, disparaba, pero la bala nunca salía. Así lo hizo con cada uno de nosotros, y comentó: ‘¿Vieron? No pasa nada porque está trabada, se los dije’. Entonces volvió a gatillar sobre su sien y ocurrió la tragedia”.
El juez Mariano Bergés caratuló la causa como “Accidente fatal”, tras ordenar estudios de alcoholemia y toxicomanía a cada uno de los testigos y al cadáver: no se hallaron restos de cocaína ni de marihuana y apenas habían tomado media botella de cerveza entre cinco.
Ese final no hizo sino recordar al de Rodrigo, quien se había impuesto a fuerza de cientos de recitales a lo ancho del país con el pelo pintado de colores extraños. Una estrategia que, sumada a su talento, lo consagró con más de un millón de copias vendidas durante una década.
El 24 de junio de 2000 resultó una jornada agotadora para “El Potro”: estuvo en la grabación de “La Biblia y el Calefón”, el mítico programa de Jorge Ginzburg; fue a cenar con los músicos, su representante, su hijo Ramiro y la madre de niño, Patricia Pacheco, en un restaurante llamado “El Corralón”; se encontró con Fernando Olmedo, hijo del capocómico Alberto; e invitó a todos a un recital en City Bell, La Plata.
Apenas terminó el show, partió raudamente en su camioneta con Olmedo, su hijo y la madre por la autopista Buenos Aires-La Plata, donde lo esperaba su destino: a la altura de Berazategui se rozó con el auto del empresario Alfredo Pesquera, declarado inocente por la Justicia, y volcó. “El Potro” y su amigo, que viajaban adelante y sin cinturón, fallecieron esa misma madrugada, justo el día en que se cumplía un aniversario de la muerte de Carlos Gardel.
Al otro día, se inició el verdadero “negocio” a su alrededor: se editaron cinco compilaciones y se vendieron 2 millones de placas. La cara de Rodrigo apareció en la camiseta de su primo, el arquero de Belgrano de Córdoba, club del que era hincha. También en libros, vinchas y, por supuesto, en velas milagrosas que son vendidas a los asistentes a la bailanta.
Un mes después del accidente, sus discos batían los récords inimaginables. Las discográficas aseguran hoy que se quintuplicaron las ventas y la placa póstuma, “A 2000”, vendió en un mes 1.600.000 ejemplares. Nada menos.
Como si fuera poco, la muerte de Rodrigo derivó en dos causas civiles: una por la sucesión de bienes y otra por la filiación de Ramiro, con cuyo ADN se comprobó la paternidad del cuartetero. En medio de la disputa legal por el dinero, sus fans hicieron al menos algo desinteresado y levantaron un santuario cerca de donde murió.
Ahora, se venden allí estampitas porque “El Potro” se convirtió en un “santo popular”.
Claro que esa reacción del público no fue original. El 7 de septiembre de 1996 en el kilómetro 129 de la ruta 12, en el pueblo entrerriano de Villa Paranacito, un camión brasileño, cegado por la intensa lluvia, embistió al colectivo donde viajaba Miriam Alejandra Bianchi, la “santa” de los cantantes populares y humildes. Gilda, como todos la conocen, fue la voz tropical más famosa de las décadas del ’80 y ’90, aunque también tuvo un final trágico.
De chica soñaba con ser maestra jardinera, pero debió hacerse cargo de su hogar a los 16 años por la muerte del padre. Su suerte cambió el día en que leyó un aviso en un periódico, en el que pedían vocalistas para un grupo musical. Su voz y su carisma le hicieron lugar en una banda tropical.
En esa época, Miriam se convirtió en Gilda, en honor a la “femme fatale” que encarnó Rita Hayworth, y su éxito fue tan arrollador como su final: falleció junto a su madre, de 50 años; su hija Mariel, de 16 años, el chofer del micro y tres de sus músicos. Entre los hierros, fueron hallados los demos de lo que, finalmente, fue su último disco “Entre el Cielo y la Tierra”, ese que contiene versos tan escuchados como “No pienses que voy a dejarte,/ no es mi despedida;/ una pausa en nuestras vidas…/ Recuérdame a cada momento/ porque estaré contigo”.
Desde entonces, su nicho en el cementerio de La Chacarita, una mural cerca de la cancha de Vélez (club por el cual simpatizaba) y Villa Paranacito son lugares de “peregrinaje” para sus fieles.
Gilda hizo una corta y exitosa carrera, en la que logró varios discos de oro, platino y doble platino. Y todo antes de los 35 años, como si esa fuera la edad límite de los cantantes bailanteros.
