Besos que se dicen


 

Parte I


La Hechicera aguardaba la penumbra

encerrada en los vados/

de un pantano escurrido.

Su voz era otra opacidad

reverberada/

en las paredes blancas de una choza.

Y, cercenada por el olvido,

padecía la refulgencia/

de las hendijas:


sus manos de mujer reflejaban

en la tenuidad del crepúsculo

el éxodo del Vidente Ciego,

aquel augur que a su paso

hacía tronar las palabras bulliciosas/

del acantilado.


Sus ojos de mujer auscultaban despacio

la fuga secular del otoño deshojado

ponderando aquel tiempo en que el/

Vidente Ciego

-ora distante, ora aledaño-

amuraba el paso de las estaciones

y de los trenes.


Siempre a misma hora lóbrega,

en el rincón donde aún se mecen/

las piernas del violín abandonado,

ella cantaba

con voz despiadada:


Los ojos repliegan

el secreto,

escupen en el aire

los besos que se dicen...


Entonces,

los perfumes amargos

repiqueteaban/

en el cobrizo despeñadero

y las gárgolas más jóvenes

reventaban/

rajaduras en las paredes,

 

para que la mujer taciturna

descubriera su propia lumbre

en el enigma/

de los encantadores.


Así,

mientras las escenas repetían/

variaciones de semejante oscuridad,

la gente de la ciénaga asaltaba/

con ruindad sus invocaciones

a la manera de las almas perplejas/

que celebran:


... escupen en el aire

los besos que se dicen...