Tizón, un hombre sin rencores
Fue, sin dudas, un escritor muy alto de perfil muy bajo. Se sintió siempre contemporáneo del ruso Nicolás Gogol, del norteamericano Herman Melville y de Domingo Faustino Sarmiento. “El de ‘Recuerdos de provincia’ y ‘Facundo’, sobre todo”, aclaraba con un tono de modestia que lo hacía parecer uno más entre muchos. Pero también estaba cerca de las miserias de su pueblo, allá bien al norte…
Los restos mortales del escritor Héctor Tizón, fallecido hace 10 años, el 30 de julio de 2012, fueron inhumados en el cementerio de la localidad jujeña de Yala, donde siempre vivió, pese al exilio y a las dificultades de hacer literatura desde la periferia de la periferia.
Así lo explicó en una entrevista que le realizara hace años el poeta Jorge Boccanera: “A menudo, trataba de no dejarme atrapar por la nostalgia, la furia o el rencor. A menudo no lo logré, sobre todo en los primeros años en España, cuando el cadáver de Francisco Franco estaba fresco. Luego, creo que sí. Llegó un momento en que sentí que mi estado de ánimo cambiaba”. Sin embargo, en ese período nunca lo abandonó “el ominoso sentimiento de que la vida estaba en otra parte, donde la había dejado, y que yo no podía convertirme en otro”.
Tizón, con un público de lectores quizá reducido aunque fiel, dejó atrás una veintena de novelas y medio centenar de relatos, con la melancolía del inmigrante como señal de orillo.
Había nacido el 21 de octubre de 1929, en Yala, una tierra “donde es penoso respirar”, por lo cual “la gente depende de muchos dioses”, sostuvo casi como su faro Juan Rulfo en “Pedro Páramo”.
Además de abogado, juez de la Corte jujeña y diplomático, Tizón conservó el fuego suficiente para cocer novelas de la categoría de “Luz de las crueles provincias”, “La casa y el viento”, “Fuego en Casabindo” o “Extraño y pálido fulgor”. Todas ellas lo acercaron a un mundo surreal y bien latinoamericano que no pocos han comparado con la serie de Macondo, de Gabriel García Márquez.
Sus primeros relatos fueron publicados por el periódico local “El Intransigente”, donde también trabajó como periodista. Incluso, éste fue uno más de los oficios que más lo atrapó y estuvo al frente del diario “Proclama”, antes del brutal exilio a España. Corría el año 1976.
Esa marca de la historia quedó presente en su cuerpo y en sus relatos. No sólo en “La casa y el viento” o en “Luz de las crueles provincias” uno puede ver las perspectivas del exilio. El desarraigo fue como una melodía que impregnó toda su obra.
Su primer libro, “A un costado de los rieles”, fue publicado en México en 1960. Desde entonces, se convirtió en un referente de la corriente denominada “latinoamericanista”, aunque nadie sepa muy bien de qué se trata. En contraste, Tizón confesó que, tras leer “Pedro Páramo”, decidió respetar la tradición oral del pueblo en que nació.
No obstante, su consagración argentina se debió al exilio y a una novela escrita en España, “La casa y el viento”, publicada luego de la recuperación democrática. Atrás, llegaron otros títulos que cimentaron esa fama como “El hombre que llegó a un pueblo”, en 1988, “La mujer de Strasser”, en 1997 o “La belleza del mundo”.
En 2008, había editado sus memorias con un título inolvidable: “El resplandor de la hoguera”. Pero su vida de 82 años no sólo fue literatura, sino compromiso. Como abogado, defendió los derechos humanos e, incluso, aceptó integrar en la década del ’90 el Superior Tribunal de Justicia de Jujuy, provincia a la que representó en la Convención Nacional que sancionó la reforma constitucional de 1994, en Santa Fe.
Antes, había sido diplomático entre 1958 y 1962, un oficio que lo mantuvo fuera de su Yala.
Alguna vez, durante otra entrevista, explicó que el exilio “fue de las tristezas más intensas que sufrí en mi vida. Cuando uno se queda sin país y sin la promesa de una tierra prometida se siente a la intemperie”.
Por eso, buscó refugió en la literatura, un equivalente territorial.
Las vueltas de la vida le dieron recompensas. Fue premio Konex de Literatura y Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, un país que lo tradujo y lo leyó bien. También recibió el cariño del público, que supo ver en él a un investigador del alma de los sectores más humildes y desprotegidos.
Su originalidad consistió -como lo quería Friedrich Nietzsche- en distinguir la realidad inabarcable de los puntos de vista porque “en ningún campo de la vida existe la verdad absoluta”.
En la entrevista a la que aludíamos, Tizón le confiaba a Boccanera que los instrumentos de un escritor de ficciones “son la memoria y el oído” y advirtió que “todo lo que un narrador necesita lo tiene en sí acumulado, sólo debe recordar, estar atento; en cuando al oído me refiero al registro del habla, para ser fiel -en su esencia, no en su mera reproducción- a la lengua”.
Su testamento literario fue, por supuesto, un libro de historias de su tierra, “Memorial de la puna”, seis relatos y un epílogo de una aridez geográfica similar a la que acompañó al escritor en su final.
Foto: Diario Hoy
