La mujer que no amaba a los hombres
Si la noruega Brunilda Størseth hubiese sido nuestra contemporánea, habríamos dicho: «¡Qué lástima, es tan linda, pero tiene tanta mala leche que mejor no acercarse a ella!». Y seguramente la habríamos tildado de «mufa» o de «fúlmine».
Brunilda cumplía con todos los requisitos de belleza para su época, fines del siglo XIX: era rubia tirando a pelirroja, de piel muy blanca, rellenita, rozagante y de caderas anchas; 1,75 de altura, pesaba cerca de 80 kilogramos y su medida de busto alcanzaba los 100 centímetros. Las crónicas señalan que los hombres se exaltaban cuando la veían venir y suspiraban a su paso. Es más, algunos de ellos se arrojaban a sus pies, le regalaban flores o dulces y le confesaban su amor… O quizá su desesperación. Uno podría deducir, a partir de estos datos sueltos, que la vida le sonreía y que sus atractivos le aseguraban un matrimonio conveniente con uno de los varios galanes que la perseguían desde que salía de su casa hasta que regresaba.
No obstante, era una mujer con mucha mala suerte: en una racha de sucesivos accidentes, fallecieron sus dos maridos, sus tres hijos, casi una docena de pretendientes y, como si fuera poco, tres de sus casas quedaron destruidas por incendios repentinos… O al menos eso fue lo que creyeron entonces sus amigos y vecinos, que lamentaron a viva voz que el destino fuera tan cruel con Brunilda Størseth. Lo que no sabían quienes la frecuentaban era que, además de su gran hermosura, ella poseía una inteligencia diabólica, una inteligencia que la llevaría a ingresar en la historia de la criminología como «La bella noruega» o «La mujer que no amaba a los hombres».
Un caso que ya debiera haber eternizado en el cine un realizador de la talla de Brian De Palma.
Brunilda Størseth, que nació en 1859 en Trondhjem, Noruega, fue en realidad la Viuda negra más sanguinaria de la historia de los Estados Unidos y una estafadora implacable que esquilmó a varias agencias de seguro con su manía pirómana y una sangre fría que haría palidecer al propio Al Capone.
En sus registros públicos, el Federal Bureau of Investigation (FBI) contabilizó que la mujer asesinó en ocho años a entre 25 y 40 personas, incluyendo a familiares directos, amigos y pretendientes. Pese a la gravedad de los cargos, la mayoría de ellos probados en un juicio, ella jamás piso una cárcel porque murió antes de que la detuvieran… ¡Por supuesto en un incendio!
Sin embargo, su cadáver calcinado no pudo ser debidamente identificado (los exámenes de ADN estaba aún lejos de ser descubiertos), por lo cual la causa estuvo abierta en una corte del Estado de Indiana durante dos décadas y decenas de detectives privados la buscaron por cinco ciudades norteamericanas.
Størseth vivió en su pueblo natal hasta 1883, año que viajó a Chicago para «hacer la América». En esa ciudad conoció a su primer marido, Max Sorensen, un norteamericano de origen noruego. En 1900, el bueno de Max tuvo un ataque cardíaco y el médico que lo atendió reportó un «envenenamiento por estricnina». La mujer, sola y con dos hijas pequeñas, convenció a un jurado de su inocencia y cobró un seguro de vida de 100 dólares, una suma importante en ese momento. A los tres meses, los infortunios de Brunilda se multiplicaron y la granja en que vivía la viuda sufrió un siniestro. Como Sorensen había tenido la precaución de contratar una póliza de seguro, la desvalida mujer recibió 8.500 dólares.
En ese instante, la bella noruega cambio su nombre por el de Belle Sorensen e invirtió parte de su dinero en una nueva casa con panadería que le permitió alimentar a sus dos hijas. Durante dos años, conservó una conducta recatada y se dejó ver poco por sus antiguos vecinos, aunque la fatalidad volvió a golpear su puerta: el horno exploto accidentalmente y el fuego redujo a cenizas su comercio. La compañía aseguradora pagó los daños, pero esa vez decidió contratar a un detective porque sospechaba de las tantas desventuras de Brunilda.
Ella recogió su dinero y se mudó en secreto, con sus hijas Lucy y Mirtle, a una zona rural de Indiana.
En el condado de La Porte, la bella noruega rehizo su vida a partir de la pequeña fortuna que había amasado y se casó con un granjero próspero que le dio una hacienda, nuevo apellido y un hijo varón, Phillip. ¡Al fin la paz! No obstante, mientras ella transitaba el último mes de embarazo, Peter Gunness resbaló en un estanque de la finca y se desnucó. De pura casualidad, su segundo esposo también era un hombre precavido y había contratado una póliza por 3.000 dólares seis meses antes.
Como no podía abusar del truco que parezca un accidente, dado que era investigada en Chicago, Belle Gunness cambió de planes para aumentar en los siguientes años su considerable patrimonio. En la sección Sociales del periódico Daily Indiana publicó el siguiente aviso : “Viuda rica, atractiva, joven, propietaria de una granja, desea entrar en contacto con caballero acomodado de gusto cultivado con el objetivo de contraer matrimonio”.
Según el expediente policial que conserva el FBI, una veintena de hombre –entre unos cien que respondieron al aviso– recibieron meses después una carta de Brunilda, de la que reproducimos aquí un fragmento:
«Su respuesta me ha llenado de alegría, pues tengo la seguridad de que es el hombre ideal para mí. Estoy convencida de que sabrá hacer que tanto yo como mis niños seamos felices, y que puedo confiarle cuanto poseo en este mundo […]. En la granja hay setenta y cinco acres de tierra y la cosecha es variada. Mi idea es encontrar un compañero a quién pueda confiárselo todo [...]. He decidido que cada candidato que ha merecido mi consideración favorable debe hacer un depósito satisfactorio en efectivo o acciones».
La misiva de embaucamiento terminaba reclamando una dote de 20.000 dólares y solicitaba que el candidato, para demostrar que tomaba la relación en serio, le adelantara 5.000 en efectivo… Sin duda, una verdadera Barba Azul con pollera.
Nunca se supo con exactitud cuántos hombres accedieron a su pedido, pero se comprobó que al menos nueve de ellos murieron en la finca de La Porte y que ella se apoderó del dinero destinado a comprar su confianza. El recurso funcionó a las mil maravillas hasta que la noruega cometió dos errores simultáneos: despidió de la granja a su capataz y amante oficial, Roy Lamphere, y se vinculó con Andrew Holdgren, un hombre cuyo hermano lo estimaba a tal punto que era capaz de revolver cielo y tierra por él.
Tras la desaparición repentina de Andrew, una de las nueve víctimas de la noruega, Asle Holdgren le escribió a «la prometida de su hermano» para conocer su paradero. Belle le contestó en una misiva que él la había dejado: «Haría cualquier cosa por encontrarle. Salió de mi casa un día de enero y daba la impresión de ser muy feliz, pero no he vuelto a verle desde entonces […]. Si se ha ido a otra ciudad o a otro país, iría hasta el fin del mundo para reunirme con él», decía la carta desesperada de la novia de Andrew Holdgren. Además, para exteriorizar su gran corazón le comentó que juntos habían adoptado «a una adolescente huérfana, Jennie Olsen», quien ciertamente residía en su finca de La Porte.
Asle Holdgren receló de una respuesta tan almibarada y dio parte de la desaparición de su hermano a la Policía de Indiana. Ante la posibilidad de que el hombre hubiera cambiado de Estado o de país, como sugirió Belle, la policía local le pasó el caso al FBI, que ya había abierto un legajo a nombre de Brunilda Sorensen por presunta estafa a aseguradoras y averiguación de homicidio en Chicago.
No bien el círculo de la pesquisa comenzó a cerrarse sobre Brunilda-Belle, la mala suerte golpeó de nuevo en su casa: en abril de 1908, la vivienda de la viuda ardió, al parecer con sus hijos y ella adentro. Los bomberos rescataron los cadáveres calcinados de una mujer adulta y tres pequeños. Uno de los campesinos que trabajaba para ella testificó que, esa tarde, vio salir de la granja a Lamphere, el amante despechado, a quien la policía imputó por incendio y asesinato con premeditación.
Durante el juicio penal, el acusado alegó que el cadáver calcinado no era el de su amante, sino de una indigente que había tocado a la puerta para pedir comida. Por lo tanto, Belle Gunness no había muerto. El hombre se declaró asimismo culpable de haberla ayudado a escapar porque iba a ser detenida por varios homicidios en Chicago e Indiana. Y les indicó a los jueces el lugar dónde habían sido enterrados los cuerpos de los prometidos. En una zanja oculta por el chiquero de la granja, apareció el cuerpo descuartizado de Andrew Holdgren, el de la hija adoptiva Jennie Olsen y de ocho hombres más que habían adelantado su dote para casarse con la bella noruega.
Lamphere aceptó que había colaborado con Belle en enterrar los cuerpos y fue condenado a 21 años de prisión, aunque murió en un penal de Indiana en diciembre de 1909 por tuberculosis.
Seis meses después, la policía detuvo a dos mujeres que viajaban en un tren creyendo que se trataban de Brunilda y su madre. La hipótesis de los detectives federales era que, cercada por la investigación, ella mató a una de las trabajadoras de la granja, puso su dentadura postiza al lado del cadáver y la calcinó juntos a sus tres hijos para simular su muerte, pero no pudieron probarlo… Durante más de dos décadas, el FBI recibió informes de su paradero: muchos agentes aficionados creyeron haberla visto en Mississippi, Chicago, San Francisco, Nueva York y Los Ángeles. ¡Claro, había una recompensa de 7.000 dólares por atraparla! Recién en la década del ’90, un grupo de antropólogos forenses constató, a través de pruebas de ADN, que el cuerpo semicalcinado en la finca de La Porte era el de Brunilda Størseth.
Roy Lamphere –el asesino de la Bella Noruega– fue al cabo el único hombre de esa época que logró escapar a sus encantos.
