La Clari vidente
Desde chiquita, le diría que desde que entré en la adolescencia, tengo la cabeza llena de presentimientos. ¿Cómo explicárselo? Me asaltan premoniciones repentinas de todo tipo que al rato se convierten, por arte de magia, en realidad. Una realidad desesperante para mí… Por ejemplo, presiento con bastante exactitud, sin necesidad de hundirme en cálculos sesudos, a quién se le puede ocurrir telefonearme una mañana fría de julio. Y si es una mañana de sábado o de domingo, en que la almohada se me queda pegada a las mejillas, lo hago con mayor precisión todavía. O adivino, incluso de espaldas a la entrada, cuál de mis conocidos ingresa en la misma habitación donde yo me encuentro, sólo con prestarle atención al ritmo sincopado de mi corazón. Como si un científico perverso me hubiese trasplantado en el pecho censores hipersensibles que se anticipan al transcurso del tiempo. A veces, me equivoco… ¡Muy pocas veces!
¿Una locura, no?
En ocasiones, si estoy reconcentrada, presumo escenas completas que aún no han sucedido y que sucederán indefectiblemente, a menudo en menos de un día. En esos casos, me digo un poco en chiste, un poco asustada, que un ser superior (en sus variantes semidios maligno, fantasma de escritor célebre o gnomo medieval encerrado en un libro por los alquimistas) tiene la potestad de leer las ratoneras de mi mente y ejecutar los acontecimientos que he imaginado de casualidad… Pero no, debo aclararle que no hay ningún brujo que murmure en mis oídos, ni una médium que me prevenga a la distancia. Hay, simplemente, una especie de precognición telepática que me lleva a vislumbrar los hechos antes de que se hayan producido.
Sí, extraño… ¡Bien extraño!
Cuando mis especulaciones concuerdan en un cien por ciento con las circunstancias posteriores, con el mundo real para decirlo en criollo, lo cual me pasa seguido, lamento sinceramente no haber sido detective privado o investigadora periodística. Me hubiese vuelto famosa resolviendo causas policiales complicadas. ¡Y acaso rica, ja! En contraste, soy una profesora de literatura jubilada, una ex maestra gordita, solterona, muy perceptiva, a la que sus padres bautizaron, sin ninguna ironía, Clarita. Un nombre que detesto porque ha motivado más de una cargada de mis amigos, que me llaman La Clari vidente.
Advierto además que la capacidad intuitiva que me ha sido dada por vaya una a saber quién exige, para conservarse en buena forma, ciertos entrenamientos. Por eso, le escapo al Mal de Alzheimer o a la demencia senil ocupando gran parte de mis tardes en la composición de crucigramas, en la memorización de nombres de calles y ciudades o en la inspección entomológica de los peatones que caminan rapidito hacia las paradas de colectivos de la calle Junín. Tres tareas ociosas que practico sin culpas desde el cómodo balcón de mi departamento.
¡Claro, da al frente del edificio!
Mis profecías más logradas son sin embargo las que ensayo de pronto, sin pensármelo demasiado, con los vecinos que observo mientras entran y salen de los edificios de la manzana donde vivo. Me encanta, lo admito, conjeturar acerca de sus vidas y sus profesiones, desmenuzar sus sentimientos escondidos y predecir futuros inmediatos con mi Antena parabólica de penetración sensorial, como la denomino en broma. Y si algo me sobra desde que me jubilé es tiempo para observar.
¡Sí, una chusma! También lo admito.
Este don natural que recibí, por designarlo de algún modo, provoca discusiones peliagudas con mis amigas más queridas. Ellas se quejan, con toda la razón del mundo, de que últimamente suelo visitarlas poquito y nada:
«¡Clari, no seas boluda y vení más seguido que te extraño, la puta que te parió!», me grita Nora por teléfono en medio de uno de sus clásicos berrinches. Nori es psicóloga y una bocasucia incurable.
«¡Clari, te esperábamos para jugar a la canasta!», me reta Matilde con suavidad, como lo haría con su nieta, y se enoja conmigo frente a la falta de respuestas. Mati es pediatra del turno noche del Hospital Gutiérrez y cuida de día a María Mercedes, un diablillo de cinco años con un carácter terrible.
«Clari, mi amor, en el té de los jueves siempre hay lugar para vos», me amonesta con disimulo la dulcedeleche de Alejandra, que es repostera.
Cuando le hablé de mi hobby telepático a la Ale, la única confidente verdadera que tengo, sonrió enternecida, como sólo ella sabe hacerlo, y me dijo sin ponerse colorada: «¡Clari, tenés un radar en la concha!».
El problema de mi aislamiento, afirma Norita con pericia profesional, se basa en que mi entretenimiento vespertino es sumamente instructivo, muy divertido y no genera grandes riesgos desde el balcón. Entonces, las horas transcurren sin que lo note. Además me da satisfacciones. ¡Muchas!
El caso de la muchacha rubia del 9º C, por ejemplo, lo vaticiné casi sin proponérmelo, sin pensarlo mucho al menos. Había en su mirada algo que me revolvía las tripas: no es que fuera fea, ni que cayera pésimo a primera vista, como le pasa a algunas personas tímidas que en el fondo son afectuosas aunque no sepan expresarlo. Al contrario, la rubia no llegaría a los 30, era guapa, alta, con un lindo cuerpo, bien educada y de buenos modales. Todo lo que una madre quisiera de su nuera. Bueno, eso es lo que dicen mis amigas… ¡De eso yo no sé nada!
No obstante, anticipé en menos de un tris que esa chica terminaría mal apenas la conocí. Y se lo comenté a Nora para que fuera testigo de mis pronósticos. «Quizás un gesto de desesperación, o una mueca de resignación, o la manera en que se frotaba las manos, como si la hubiera atacado una comezón nerviosa, o las tres cosas juntas, me pusieron en alerta contra ella», le dije a mi amiga.
Por supuesto, Nora me contestó ese día que yo estaba loca de remate. ¡Y ya ven como acabó el asunto! Claro que no malicié ni de chiripa que la joven resultaría culpable de homicidio en un juicio penal… Y mucho menos del homicidio de su novio. Se llamaba Norma… Bah, creo que todavía se llama Norma. ¡Está presa!
Debido a una coincidencia fatal, o tal vez al destino, aquella mañana del crimen me la crucé en la puerta del edificio, un instante antes de que llegaran los albañiles que refaccionaban el hall central de planta baja. Yo había ido hasta el mercadito del Supercoop de la calle Sarmiento a comprar leche, manteca y mermelada para el desayuno, y al regresar Norma estaba cerrando la puerta del ascensor con un impulso neurasténico que me sorprendió.
Luego de saludarme con un «buenos días», siempre tan seca y correcta, la muchacha recogió con una mano su pollera tipo flowerpower hasta los muslos, saltó sobre una viga que había quedado atravesada en el vestíbulo, rodeó latas de pintura seca y una bolsa de escombros, abrió la puerta vidriada del edificio de un tirón y traspasó el umbral. Desde la vereda, contempló los balcones más altos y cruzó en forma repentina, con el semáforo en rojo, la calle Bartolomé Mitre.
Junto ahí, mientras cruzaba, lo sospeché.
En la vereda opuesta, ella se detuvo y echó una ojeada hacia atrás sobre su hombro derecho: el sol, que se elevaba a la altura de las casas de dos pisos de Once, la encegueció. Entornó sus párpados y vaciló unos segundos en esa posición, como si estuviera guardando la imagen en su memoria. Pero una semana después, cuando intentaba reconstruir ante el juez aquel amanecer y las sensaciones que la envolvieron mientras mantuvo los ojos cerrados, no recordó «ni el rostro del hombre al que amaba con locura», según relató ella misma durante la audiencia en los Tribunales.
Esa mañana, la seguí con la vista hasta la primera bocacalle. Ella no se preocupó; más bien sintió un ligero placer por mi indiscreción y gozó de su frivolidad, convencida de que las acciones de los seres humanos están siempre predeterminadas por una entidad a la que muchos llaman Dios, otros destino, unos pocos azar… Mi Antena parabólica de penetración sensorial, como ve, ya funcionaba a pleno.
Acaso porque la muchacha creía en el azar, evocó de pronto un graffiti garabateado muy cerca de allí, en la calle Ayacucho: «Las almas que no tienen dónde ir se vuelven a reunir en subterráneos». Una canción de no sé qué músico melenudo que escuchaban siempre mis alumnos… Y tomó con brusquedad un espejo de su cartera. Al parecer, necesitaba ubicarse en la refracción imperfecta para comprender que, como el escritor anónimo del muro, había dejado huellas.
Los presagios que la acompañaron hasta la avenida Callao no disminuyeron su determinación: quería escapar de una situación que la ahogaba, quería alejarse del barrio, quería huir de todo lo que tuviera relación con su novio. Y si hubiese sido posible, habría querido también borrar del calendario aquel 16 de julio de 1987. ¡Cómo hacerlo, cómo hacer desaparecer una realidad que involucra hasta la última fibra de mi alma!, pensó Norma al encender el primer cigarrillo del día.
En la avenida, descubrió un teléfono público que funcionaba, discó siete números e intercambió con alguien imprecisiones que terminaron en un ruego abrupto, enérgico, perentorio. «Muy de ella», supe más tarde por uno de sus amigos, que fue entrevistado por el diario. Tras colgar, se concentró en hallar un taxi, uno que llegara rápido y no le permitiera analizar su nuevo papel de heroína siniestra. En el instante en que un Peugeot 504 amarillo y negro frenó a pocos centímetros de su brazo extendido, la joven advirtió que ya no era la hacedora de su destino, ni siquiera la dueña de sus ideas. Así se vio sometida a una inestabilidad emocional que le sería difícil dominar y aspiró profundamente, disimulando sus lágrimas, el aire amargo de la ciudad de Buenos Aires.
¡Claro que sí! Entendí todo porque, como le dije, mi Antena parabólica de penetración sensorial funciona a larga distancia.
De más está decir que me entrometí enseguida: telefoneé a la guardia del Departamento Central de Policía, que queda a unas cuadras de casa, y le mentí a la operadora: declaré que durante la madrugada había escuchado ruidos extraños, golpes y gritos en el departamento 9º C; que su ocupante, un profesor universitario de unos 40 años, no había sido visto en el edificio; y mencioné como al pasar a la novia. Si decía la verdad acerca de mis premoniciones, seguro no venían.
Entonces, esperé tranquila en casa.
A eso de las cinco de la tarde me entró una curiosidad incontenible. Me había olvidado por unas horas del tema de la chica rubia, no había oído sirenas en la calle, tampoco sonidos bruscos en el edificio. Incluso deduje apresurada que habría cometido un error recelando de esa muchacha y me alarmé: ¡Pobre angelito, tan linda, tan seria y yo la difamo!, me recriminé apesadumbrada. Sin embargo, una vecina del 7º me contó pasadas las seis, mientras bajábamos en el ascensor, que antes del mediodía había llegado una patrulla con tres agentes de la Policía Federal. Dos de uniformes y el restante, que parecía ser el comisario, de civil. La mujer, que trabaja en el Registro Civil de la calle Uruguay, me comentó que ingresaron en el 9º C con una orden de allanamiento de un juez y otra vecina de ese piso como testigo, aunque no sabía los pormenores del procedimiento.
Y el portero, que es un vigilante sin gorra que se hace llamar El Encargado, como si fuera el dueño del edificio, no quiso detallarme nada porque «rige el secreto de sumario», me explicó en su papel de secretario importante del juez.
¡El muy burro!
Fue por eso que apuré mi caminata vespertina hasta el puesto de diarios de Junín y Perón y compré la Quinta Edición. De chusma, nomás. O no, de chusma no esta vez: tenía que enterarme si había acertado con mi pronóstico o si empezaban a fallar mis intuiciones. ¡Estaba en juego mi propia confianza como pitonisa! Al retornar a casa, abrí el diario en las páginas policiales y comencé a leer los títulos. Tras una breve inspección, encontré un asesinato en el barrio de Congreso. Puse atención en el título, en la volanta y en el primer párrafo del texto que estaba resaltado en letras negritas. Una línea después de las negritas, averigüé satisfecha que la historia criminal que había imaginado se cumplía con el rigor habitual en el mundo real.
¡Vamos, la Clari vidente!
También averigüé un dato que no había intuido ni de casualidad: la muchacha, al escaparse del departamento del profesor con las manos ensangrentadas, había dejado la puerta abierta y los gritos de dolor del profesor fueron escuchados por otra vecina del 9° piso que pudo identificarla, decía el artículo.
La crónica se titulaba: «Crimen sanguinario en Congreso» y la volanta señalaba: «Una joven mujer asesinó a su novio a sólo tres cuadras del Parlamento. Una vecina la vio huir».
Buenos Aires - Una joven de unos 25 años dio muerte con un cuchillo de cocina a su novio de 42, en un terrible drama pasional ocurrido durante la madrugada de hoy en un departamento de la calle Bartolomé Mitre al 1800, de Capital Federal, según informaron fuentes policiales.
Un vocero de la Policía Federal aseguró que la principal sospechosa del crimen fue identificada gracias al llamado anónimo de una vecina. En tanto, la víctima es Marco Pinfloy, profesor universitario, traductor y periodista nacido en Holanda y nacionalizado argentino, de acuerdo con las fuentes.
Por motivos que están bajo secreto de sumario, en las últimas horas de ayer la pareja entabló una áspera discusión que culminó horas más tarde, cuando la mujer, al parecer también extranjera, le asestó a su compañero una herida mortal con una cuchilla de cocina que le interesó un pulmón.
El escenario del drama pasional fue el departamento "C" del noveno piso de un antiguo edificio ubicado en Bartolomé Mitre 1898, a sólo cuatro cuadras del Congreso de la Nación.
Según el aporte de una testigo, que siguió los acontecimientos desde un departamento contiguo, alrededor de las 3 de la mañana del miércoles se oyeron gritos y las agresiones verbales pasaron a los hechos, ya que se escucharon golpes en la vivienda.
Al amanecer, la vecina escuchó un grito desgarrador y al dirigirse al departamento, halló la puerta abierta y a Pinfloy gravemente herido con una cuchilla de cocina clavada en su pecho. De acuerdo con testimonios recogidos por la agencia DyN, la agresora había desaparecido del lugar al amanecer luego de manchar con sus manos ensangrentadas una alfombra y varias paredes de la vivienda.
Pinfloy fue trasladado al hospital Ramos Mejía, de esta ciudad, pero falleció a las pocas horas a causa de una insuficiencia cardíaca provocada por la hemorragia.
Pasado el mediodía, peritos de la Policía Federal intentaban identificar las huellas, que pertenecerían a la joven que huyó del departamento. Hasta el cierre de esta edición, el juez de instrucción penal Rogelio Bozvar, que entiende en la causa, no había detenido a la mujer.
Al acabar de leer aquella noticia, suspiré aliviada: no había actuado en vano, ni acusado a una pobre inocente. La joven confesó haber matado a Pinfloy ante el tribunal que la juzgó y le dio 15 años de cárcel en el Penal de Ezeiza. Eso sí, nunca se supo bien por qué mató al profesor… Se tejieron un montón de especulaciones descabelladas: que el tipo la fajaba con un cinturón o una toalla mojada, que la corneaba con otras mujeres y hasta con transformistas, que aspiraba cocaína y alucinaba pesadillas, que se emborrachaba y quedaba inconsciente, que era un espía o un sicario del servicio secreto de Holanda. «Un killer», lo definía el diario.
No obstante, Norma, la chica del 9º C, reconoció en el juicio que el profesor no le pegaba, ni la maltrataba, ni se drogaba, ni bebía. Muy por el contrario, sostuvo que era atento, muy cariñoso y la amaba con locura, cosa que corroboraron otros testigos amigos de la pareja en otras sesiones del juicio.
– Evidentemente la gente está medio loca en este país, ahora asesina por nada –les dije a las chicas en el té del jueves siguiente, mientras nos relatábamos las novedades y charlábamos acerca del homicidio que hubo en el edificio donde vivo.
Alejandra me sonrió con indulgencia, como pensado «pobre, Clarita, está chalada»; Mati, la más serena del grupo, sostuvo un silencio reflexivo y no me respondió; Nora, en cambio, me midió un poco asustada:
– ¡Che, Clari, sos una bruja de mierda!
