Galileo: 359 años y cuatro meses tarde
Muchas veces la historia del oscurantismo y la barbarie estuvo relacionada con las peores páginas del dogmatismo religioso. Y no hablamos sólo de aquellos “cruzados” que intentaron durante la Edad Media conquistar Jerusalén a sangre y acero; hablamos también de hechos científicos que modificaron el saber. Por ejemplo, la negativa de grupos ultrarreligiosos al uso de la píldora anticonceptiva en los ‘60 o del preservativo para prevenir el Sida en los ’80. Por lo hablar de los miles de libros que debieron pasar por la censura clerical antes de ser publicados. Sin ir muy lejos, “El ingenioso hidalgo Don Quijo de La Mancha”.
Una de esas historia emparentadas con el oscurantismo sucedió en 1632, cuando Galileo Galilei, el artista y científico nacido en Pisa, publicó en Florencia su “Diálogo sobre los principales sistemas del mundo”, refutó el geocentrismo de Ptolomeo y se colocó del lado copernicano, que había sido interdicto en 1616. Pese a que Galileo era un protegido del papa Urbano VIII y del duque Fernando de Médicis, su postura científica resultó “abominable” para la entonces todopoderosa Iglesia Católica. ¿Pero qué decía el “Diálogo” galileano?
El libro se desarrolla en la ciudad de Venecia durante cuatro días y sus personajes son Filipo Salviati, un seguido de Copérnico nacido en Florencia; Simplicio de Cilicia, un defensor de la ya permitida física aristotélica; y Giovan Francesco Sagredo, un veneciano ilustrado.
Más allá de que los razonamientos eran favorables al copernicano, uno de los problemas que presentó el libro fue que muchos sectores eclesiásticos vieron en la figura de Simplicio a Urbano VIII, lo que posicionó al Papa entre sus enemigos.
Otro problema fue que el pisano violaba la interdicción de 1616 y presentaba dos nuevas pruebas de carácter experimental a favor de la teoría heliocéntrica: una que se basa en el movimiento de las mareas, que posteriormente fue refutada por la ciencia moderna, y otra sobre la rotación de las marchas solares, que los científicos comprobaron verdaderas.
Tamaño arrojo de Galileo motivó la intrusión de la Inquisición y del jesuita Colegio Romano. Durante el proceso, Galileo fue acusado de “introducir doctrinas heréticas”, algo injusto ya que el libro había sido corregido por los censores, y “violar la prohibición de 1616”, es decir que desarrollar elementos que justificaran a Copérnico. A todas luces cierto.
En diciembre de 1632, el científico debió presentarse en Roma bajo apercibimiento del uso de la fuerza y el 9 de abril de 1633 la Inquisición comenzó su interrogatorio. Como primera medida, la orden lo conminó a confesar con la promesa de un trato justo, si lo hacía, y con la amenaza de torturas, si no lo hacía.
Dado que había perdido los favores de sus protectores y su salud estaba declinando, Galileo aceptó confesar ante un tribunal el 30 de abril y, casi un mes después, fue condenado a prisión perpetua y a abjurar de sus ideas. Como estaba arreglado de antemano, el Papa Urbano VIII conmutó enseguida su pena por un arresto domiciliario de por vida.
“La naturaleza y la Biblia derivan ambas de Dios, y es absurdo querer contradecir la naturaleza, que es la expresión directa de la voluntad divina, sobre la base de la interpretación humana de las Sagradas Escrituras”, indica la sentencia.
A partir de ese día se generó una polémica que aún perdura. Uno de los testigos, Giuseppe Baretti, dijo que luego de adjurar Galileo afirmó en voz baja “Eppur si muove” (Y sin embargo se mueve). No obstante, otro testigo, Sillman Drake, sostuvo que no se encontraba en situación de pronunciar esa frase desafiante ante el tribunal de cardenales de la Inquisición y que, si la dijo, fue en otro momento.
Más allá de la polémica, la retractación de Galilei fue difundida junto con el decreto seráfico por casi todo el mundo conocido: el 2 de julio en Roma; el 12 de agosto en Florencia; a fines de ese mes en Alemania; en septiembre en Bélgica, pero nunca llegaría a Francia, donde Descartes difundió que el científico había sufrido una confabulación.
El hecho no quedó así, por supuesto. 359 años, cuatro meses y 9 días después de la condena, el papa Juan Pablo II pidió perdón por la injusticia que se cometió con el pisano. Claro que nadie pudo remediar a esa altura los años de cárcel y encierros domiciliarios que sufrió el científico fallecido el 8 de enero de 1642 en Florencia.
Sin embargo, la medida tomada por Juan Pablo hace 30 años fue la culminación de un lento “descongelamiento”. La Iglesia revisó formalmente el proceso de Galileo a partir del XIX, pero en 1757 retiró la prohibición de publicar libros que sostuvieran que la Tierra se mueve alrededor del sol.
Al respecto, Juan Pablo II sostuvo que pretendía que “teólogos, científicos e historiadores, animados de un espíritu de sincera colaboración, profundicen el examen del caso de Galileo y remuevan las desconfianzas que aquél proyecta todavía, en la mente de muchos, a la fructuosa concordia entre ciencia y fe, entre la Iglesia y el mundo”. ¡Claro, Karol Wojtyla era polaco como Copérnico y sabía que la Tierra si muove!
