El nombre de la tradición


 

Cuando se pronuncia el nombre de Ricardo Güiraldes, una asociación inmediata nos remite a Don Segundo Sombra y a “tradición”, una palabra vacía si no se explica en un contexto determinado. Este escritor, de cuya muerte se cumplen 95 años en octubre, libró una batalla personal para evitar el fin de la literatura gauchesca, una batalla que si bien perdió lo colocó en la historia argentina.

Porque la novela poética Don Segundo Sombra no sólo es equiparable artísticamente al Martín Fierro, sino que en muchos lugares del mundo fue la punta de lanza que condujo a que se leyera el libro de José Hernández.

Claro que hay numerosas diferencias entre ambos libros. Aunque ambos seas “historias rurales”, el Martín Fierro vindica socialmente al gaucho en su primera parte y adapta su “salvajismo” a la civilización en la segunda. Eso que muchos consideran una domesticación del gaucho. En cambio, Don Segundo Sombra evoca al gaucho como una instancia legendaria del país.

Los dos –Hernández y Güiraldes- eran estancieros y, desde esa perspectiva, hacen un tratamiento del gaucho como subespecie de la sociedad de su época, con costumbres culturales diferentes a las de los hombres “civilizados”. Un tratamiento que no dista demasiado del concepto de “civilización y barbarie” sarmientina.

Sin embargo, Don Segundo Sombra considera superior esa sociedad mítica del gaucho en comparación con la burguesa que se forma con las primeras colonias inmigrantes instaladas en el país. Al igual que El Payador de Leopoldo Lugones, la reacción hacia lo nuevo extranjero caracteriza su épica. Así es como resalta valores “desconocidos para la burguesía” como honor, valor, lealtad y respeto al prójimo.

La novela, que fue publicada en 1926, está escrita en primera persona, lo que le da, sumada a la experiencia del autor, la fuerza de lo verosímil.

Ricardo Güiraldes nació en 1886 como hijo de una familia aristocrática bonaerense. Su educación estuvo repartida entre su “pago chico”, la ciudad de San Antonio de Areco, y sus viajes a París, China e India.

No obstante, fue en la estancia de su padre “La Porteña” donde comenzó a pergeñar sus personajes literarios, mucho después de iniciar las carreras de Arquitectura y de Derecho, que no completó.

Una vez que se sintió formado, Güiraldes regresó a París y se inició en las letras, en contacto con autores franceses y alemanes. Fue la novela autobiográfica Raucho la que le dio cierta notoriedad entre sus contemporáneos por un acendrado nacionalismo.

Allí planteaba una disyunción que siempre lo angustió: el ser intelectual y el ser campero, tema que se analiza en Don Segundo Sombra. En este sentido, casi todos sus personajes son gente cultivada, como el propio Güiraldes, pero con un placer por lo rústico y lo rural.

Don Segundo Sombra fue, sin duda, el intento más destacado de reverdecer y renovar la literatura gauchesca, a esa altura ya herida de muerte.

Sin embargo, el ensayo de Güiraldes derivó en una de las novelas argentinas más importantes de principios del siglo XX. A partir de personajes reales, el autor le dio armadura a sus “tipos” gauchescos de San Antonio de Areco que exceden el carácter costumbrista e instala a sus lectores en la elegía y los recuerdos.

Un mundo perdido, el de la vida libre y despreocupada del pasado, hace que Don Segundo Sombra se ubique en una idealización que, en verdad, no tuvo lugar, como puede comprobarse en los versos de los Cielitos de Bartolomé Hidalgo, en la primera parte del Martín Fierro o en esa gran novela-folletín que es Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez.

Por eso es que el libro apela en todo momento a una nostalgia rememorativo de lo “bueno que fue” y de la mala actualidad. Recordemos que fue publicada en la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, una época en la que se incorporaron a la vida social y política los “gringos”. Eso provocó una reacción de la clase alta que finalizaría con el golpe de Estado de 1930 y con el llamado de Lugones a la “Hora de la espada”.

Esa clase, a la que Güiraldes pertenecía, idealizaban al hombre rural como una “esencia” de la argentinidad y de las virtudes. Sin embargo, los padres y los abuelos de esa generación eran los mismos que se habían beneficiado con la desaparición del indio, el sometimiento del gaucho y las mal llamadas conquistas del desierto.

Los transportes mecanizados suplieron al resero, los caminos dejaron sin trabajo al rastreador y el arado y el tractor comenzaron a suplir la mano de obra humana y animal. De ahí provienen la nostalgia por el hombre de campo y la culpa por el trato de recibieron en el pasado.

Güiraldes lo sabía porque había nacido en una familia de alto rango social, con extensas propiedades de tierra. A partir de 1913, cuando inauguró su carrera de escritor en la revista Caras y Caretas, su perspectiva fue otra. La educación que había recibido en París había ampliado las ideas de un hombre de alta alcurnia campera y, tal vez por eso, se volcó a vindicar al gaucho y a un país que había dejado de ser.

Once años más tarde, cuando fundó la revista Proa con Brandán Caraffa, Jorge Luis Borges y Pablo Rojas Paz su vida ya era otra.