Héctor Bianciotti: nadie es profeta en su tierra
Para los franceses, tan orgullosos de su alta cultura, la irrupción de un sudamericano en la cúspide de las letras parisinas hubiera sido, hace 40 años, un hecho inédito si no fuera por el falso Conde de Lautréamont, el uruguayo Isidore Lucien Ducasse. Porque si bien los primeros libros de Héctor Bianciotti se conocieron en Francia a través de traducciones, a partir de “Sin la misericordia de Cristo”, el escritor llevó sus propias construcciones narrativas a la lengua de su querido Paul Valéry y creó un estilo al que muy pocos pudieron resistir.
De hecho, el autor que falleció hace diez años a la edad de 82 años recibió por esta novela el premio “Femina”, el segundo en importancia de las letras francesas detrás del “Medicis”, que también ganó. “Sin la misericordia…” fue el punto de quiebre de este notable narrador, poco valorado en la Argentina, donde se lo conoce por haber sido el compañero de Jorge Luis Borges en su último exilio ginebrino.
Los lectores franceses, en cambio, lo ubicaron de inmediato en un lugar de privilegio entre “los suyos”, no sólo por el éxito editorial que tuvieron sus libros sino por la nueva cadencia que le imprimió a una lengua anquilosada desde las década del ’60.
Apenas aparecían sus novelas, los críticos reaccionaban con entusiasmo. El semanario “Le Point” escribió, tras la publicación de la novela, que Bianciotti “acaba de terminar su conquista de la lengua francesa. No sólo la posee: está poseído por ella. Ahora la practica con un abanico de proezas estilísticas que no se lee en los libros de ningún otro. Su escritura adornada, bordada, muy cosida, sólo le pertenece. Se reconoce la escritura de Bianciotti. ¿De cuántos se puede decir lo mismo?”.
“Al adoptar una nueva lengua muestra –quizás deliberadamente- los fenómenos que marcaron a fuego la literatura argentina”, señaló otro crítico de “Le Monde”.
El escritor adoptó recién en 1981 la nacionalidad francesa y quince años más tarde entró en la Academia Francesa, un privilegio que muy pocos extranjeros recibieron. Así fue como Bianciotti –incisivo lector de Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Sartre y de Camus- elaboró su mito: escribió muy bien, demasiado bien, en un idioma que no era el idioma natal.
Al respecto, él mismo esgrimió una explicación: “Yo no elegí el francés. Es el idioma el que se apoderó de mí y echó fuera al castellano”, dijo en una entrevista de hace 35 años al diario “Clarín”. La elección de la lengua corresponde, decía, a “una formidable necesidad de expresarse” y “recobrar con esta conversión el deslumbramiento sentido a los 15 años por el misticismo de la poesía a través de algunos versos de Paul Valéry extraídos de ‘La Jeune Parque’”.
Es que Bianciotti bien sabía que cambiar de idioma es “modificar la manera de ser, sentir diferente”. Sin embargo, su cambio le sirvió además para enriquecer el español de origen: “puedes estar desesperado en una lengua y apenas triste en otra”, señalaba.
Antes del “salto” había escrito en español “Tratado de las estaciones”, que recibió el Premio Medicis extranjero de 1977, y una antología de relatos, “El amor no es amado”, que en 1983 obtuvo el premio como “Mejor libro extranjero” en Francia.
Bianciotti había nacido el 18 de marzo de 1930 Calchin Oeste, en la Pampa cordobesa, “un paisaje sin límites” escribió en “Lo que la noche le cuenta al día”, y abandonó el país en 1955. Recién en 1961 llegó a París y comenzó una carrera periodística que lo llevó a “La Quinzaine littéraire”, al semanario “Le Nouvel Observateur” y, por fin, al diario “Le Monde”.
Paralelamente fue lector para la editorial “Gallimard” hasta 1989, en que pasó a “Grasset”, donde integró el comité de lectura. También recibió la Presidencia de la Comisión Literatura Extranjera del Centro Nacional del Libro. Incluso, era oficial de la Legión de Honor y de la Orden Nacional del mérito.
Una vez instalado en un sitio de privilegio en las letras franceses, Bianciotti escribió varias novelas capitales: “Solo contarán las lágrimas”, publicada en 1988; un extraordinario relato de sus orígenes, “Lo que la noche le cuenta al día”, en 1992; “Nostalgia de la casa de Dios”, en 2003; y “Cartas a un amigo sacerdote”, su correspondencia con Benoît Lobet, en 2006.
Él mismo se describió como un escritor poco común, no sólo por haber nacido en la Argentina y haber adoptado la lengua francesa, sino porque siempre se concibió como un “exiliado”, aunque nadie lo hubiera echado. En su novela “El paso tan lento del amor” narra su exilio desde Argentina, a Italia y España. Y más tarde la lenta "metamorfosis" que lo llevó a adoptar el francés.
De todos modos, la obra de este escritor se basa -tal vez como la de Jorge Luis Borges- en el eterno desgarramiento argentino y en la posibilidad de romper con la fatalidad del origen. Una fatalidad que Bianciotti doblegó de una manera tan radical que una comunidad que se precia de abastecerse de su propia cultura lo acogió como propio.
Paradojas del destino, un hombre que hizo de la literatura una memoria del destierro, sufrió una enfermedad que le hizo perder la propia memoria y se lo llevó el 12 de junio de 2012.
