Retrato de un artista adolescente



“La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Ingenioso, escandaloso, bisexual, célebre, pederasta, irónico y, sobre todo, genial son algunos de los adjetivos que le cabían al irlandés Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, un escritor que es leído hoy como el preámbulo perfecto para las vanguardias que trastocaron el arte y la literatura en las primeras décadas del siglo XX.

Pese a su estilo personal romántico, este dublinés nacido el 16 de octubre de 1854 y muerto el 30 de noviembre de 1900 fue un narrador, poeta y dramaturgo demasiado original para su época. Un provocador que, de seguro, hubiera sido mucho más feliz si hubiese habitado las turbulentas tierras surrealistas de los años ’20 y ‘30 del siglo pasado.

Sin embargo, era un victoriano tardío e hijo de notables intelectuales, que lo enviaron a hacer estudios clásicos a Oxford, donde tuvo la guía del famoso esteta John Ruskin, admirado hasta la devoción y el plagio por Marcel Proust. 

Fue así, según sus biógrafos, que se transformó en un esteticista y un notable observador de la literatura (más que crítico) y dio conferencias de un humor desopilante en Estados Unidos y Canadá, donde lanzó su célebre aforismo: “los americanos y los británicos tenemos todo en común, excepto el idioma”. Es que veía en el uso norteamericano del inglés la futura decadencia del Imperio Británico.

El tema de la belleza y la decadencia siempre le interesó. Su primer libro, “Poemas”, de 1881, ya hablaba de la temática y fue bien recibido, con 750 copias vendidas en su primera edición. Por eso, también, publicó su única novela “El retrato de Dorian Gray”, de 1890, que tuvo un éxito asombroso para la época y fue traducida de inmediato al francés. Durante esa misma década puso en escena cuatro comedias y algunos dramas que lo hicieron célebre, entre ellas “Salomé”, prohibida en un principio, y “La importancia de llamarse Ernesto”, que puede leerse también como “La importancia de ser honesto”. 

En ese momento de alta exposición pública, Wilde sostuvo un juicio cruzado con el padre de su amante Lord Alfred Douglas, conocido como Bosie, y fue declarado culpable de “indecencia grave”, tras lo cual permaneció dos años encarcelado y obligado a hacer trabajos forzados.

Tras su liberación, se fue a vivir a Francia, cambió su nombre y perdió para siempre a su familia: su esposa Constance Lloyd y sus hijos Cyril y Vyvyan pasaron a usar el apellido Holland para desvincularse del escándalo y, por disposición judicial, Wilde debió renunciar a la patria potestad y a verlos en el futuro. Una enfermedad que atrapó en prisión y la tristeza lo mataron con apenas 46 años, en París. Sus huesos reposan desde entonces en el cementerio de Père Lachaise.



Cyril falleció 15 años después, como soldado británico de la primera guerra mundial. Vyvyan fue traductor y escritor y, recién en 1954, reveló que su padre era Wilde. El hijo de Vyvyan, Merlin Holland, es el mejor biógrafo y crítico de Oscar y pidió volver a llevar el apellido de su abuelo. 

Fue la mejor reivindicación que obtuvo de su familia.


Fotos: AGN y Myrna Leal