El señor juguetero
A Santiago y Tomás
Los viejos marineros del Tigre conocen una fábula, originada en los Países Bajos de Milberg y difundida por la eternidad del viento, que narra las aventuras de los muñecos más extraordinarios que se hayan fabricado hasta fines del siglo XX. ¡No, no son Superhéroes, ni Aliens, ni siquiera Buzz Lightyears! Son unos pichichos de pañolenci que tienen la particularidad de haber sido dotados desde el mismo día en que fueron confeccionados –o, si se me permite, desde su nacimiento– de sentimientos similares a los del género humano.
Claro que no tan mezquinos, de acuerdo con mis referencias.
Los pichichos, por ejemplo, son los únicos juguetes que han expresado abiertamente su deseo de ser adquiridos por un tipo especial de clientes: aquellos de alma generosa que posean la capacidad de quererlos más allá de su forma un poco fofa, un tanto fea. En ese contexto, siempre le ruegan al público que se detenga en sus hermosos ojos pardos y sus sonrisas melancólicas.
El norteamericano Ralph Waldo Emerson escribió hace más de un siglo que “lo que existe detrás de nosotros y lo que existe ante nosotros es pequeño comparado con lo que existe dentro de nosotros”.
A partir de este aforismo, quizás encontremos la razón que nos explique por qué estos muñecos legendarios alcanzan sus sentimientos más puros y más tiernos en Diogelandia, un prestigioso local del ramo. Allí, el Señor Juguetero retira a los pichichos de la caja Marginados por defecto de hechura (así los denominan en los depósitos de las fábricas), los adorna con moños de seda y los ubica en su más hermosa vidriera.
A juzgar por la marcha de sus negocios y sus numerosas bancarrotas, el juguetero está un poco chiflado. Pero si consideráramos su infinita bondad, comprenderíamos el regocijo que experimenta cada vez que los niños admiran embobados los escaparates de la tienda.
Según dice la fábula de los viejos marineros del Tigre, uno de esos pichichos exhibe con orgullo la reputación de ser muy apasionado y sensible: es un perrito de pañolenci un poco gordo, un poco feo, de ojos dulces y tristones, que el Señor Juguetero bautizó con el nombre de Diógenes.
Pese a los rasgos recién enumerados, que para algunos constituyen inconvenientes insalvables, Diógenes tiene muchas virtudes… Uno de los atributos que emociona a las personas que intiman con esta historia y que enternece con profundidad a quienes la escuchan de casualidad por primera vez es, sin duda, el agradecimiento que siente hacia el juguetero.
Tal gratitud quedó demostrada en una carta que el muñeco dirigió al dueño de Diogelandia y que ya mismo paso a copiar:
Carta dirigida al Señor dueño de la juguetería, en la que moro desde hace algunos días acompañado de otros Pichichos de Pañolenci como yo.
Querido Señor:
Como habrá usted notado, mi otrora pañolenci rojo –de seguro por el paso de los años– se ha desgastado un poco, desteñido otro poco... En fin, entre el paso de todo este tiempo, la tristeza de ver la lluvia y el sol que me destiñe, he quedado casi rosado antes de llegar a usted.
Yo era un... (sería un modo un poco pesado comenzar contándole cómo fui yo antes de que usted me conociera, antes de que –hummmm..., suena medio mal “de que”, ¿no?– un par de ojos castaños, una barba, una pipa de tanto en tanto, repararan en la existencia de alguien en un tercer estante). Yo era algo así como un perro con ojos de carnero a punto de degollar. Debo con¬arle cómo fui para que así entienda que todos nosotros tenemos alma, que nuestros ojitos pueden brillar un día más que otro, que nos gustaría no estar tirados en el depósito hasta que alguien se digne a recogernos... Por eso le voy a seguir contando:
Yo nací no hace mucho. Las tijeras que cortaban fallaron justo en el momento de cortarme a mí y se utilizó más material del corriente. De ahí que, desde chiquito, entre mis compañeros de depósito fuera El gordo. Siempre busqué algún humano que me mirara a los ojos –fue lo único que le salió bien a mi hacedor– más que seguro de poder transmitirle mis ganas de hablar, de hacer chistes y dejar de ser un objeto de pañolenci para ellos, un código de melancolía y encima en el almacén de mercadería defectuosa.
Señor Juguetero, dígales a sus demás colegas, transmítales, que dentro de cada juguete mal hecho mora un alma dolida; no es cuestión de chacotear con esa muñeca que tiene una pierna más larga que la otra o con el osito al que le pegaron la nariz torcida.
Estábamos en... ¡Ah, sí! Recorrí, después de aquel infortunado accidente, diversas jugueterías; nadie quería quedarse con El gordo o el defectuoso. Comprarlo era perder plata. Unos cuantos jugueteros me devolvieron, hasta que llegó usted...
¿Se acuerda? Visitó varias veces el depósito; yo ya casi me había enamorado de la mirada de ternura con la que recorría la zona de los marginados por defectos de hechura –tal cual figura en las facturas de rechazo–, hasta que un día (¿Se acuerda de ese día?) fue tal la fuerza de mi mirada que atrajo la suya hacia mí y decidió llevarme. Le propusieron dejarme a menor costo; claro que usted, lleno de sentido humano, se opuso.
Al presente ocupo una hermosa vitrina. Sus manos –siempre tibias sus manos– han acomodado mis orejas y vuelto a anudar el moño blanco de mi cuello. Y aunque no se lo pueda decir con palabras –al menos eso creo– sabrá usted que miradas y ternuras también sirven para comunicarse. Aunque usted tenga el don de la palabra y yo no... Quiero que sepa que yo conozco su secreto: usted desea muchas veces no ser humano. Desea ser un pájaro para poder contarle cómo es de cálido el viento a los que, como yo, no podemos volar y sólo admiramos la grandeza de unas alas extendidas. Aunque, si le hacemos caso a usted, en una de esas...
¿No me lleva a volar Señor Juguetero?
Diógenes
Como imaginarán los lectores, esta carta recorrió el planeta, propagó la fábula y conmovió a los comerciantes que, en un rincón muy escondido de su pecho, guardaban un espíritu caritativo. Relegando transitoriamente sus negocios y el lucro, miles de jugueteros adquirieron muñecos gordos y feos, en busca de miradas pardas, dulces y melancólicas. Ningún pichicho de pañolenci se aburre hoy en las cajoneras de marginados. Y la mayoría de ellos tiene, al menos, una mano cálida que le acomode el moño de seda y niños que contemplen algo más que sus contornos contrahechos.
Sin embargo, nadie ha sido jamás tan feliz como el Señor Juguetero de Diogelandia después de comprar a Diógenes: el pichicho se volvió un poco loco y un poco zonzo (¡No puede culpárselo por haberse contagiado las desmesuras de su dueño!), pero goza de una pujanza muy superior a la de los seres humanos y una mirada cariñosa...
Una mirada a tal extremo cariñosa que, cuando el Señor Juguetero arriba por la mañana a la tienda, los ojos de Diógenes le provocan cierto rubor y lo paralizan durante varios minutos frente a los escaparates de su propia juguetería.