El robo de La Gioconda: el plan ingenioso de un estafador argentino

En agosto de 1911, La Gioconda de Leonardo Da Vinci desapareció del Louvre. Un empleado italiano de pocas luces confesó tres años después haber cometido el “robo de arte más grande de la historia”. Sin embargo, un falso noble nacido en Rosario, Eduardo de Valfierno, admitió haber sido el autor intelectual del hurto.


Aún hoy, 110 años después de ocurrida, la desaparición de La Gioconda, el famoso retrato del florentino Leonardo Da Vinci, está considerada como “el robo de arte más grande de todos los tiempos”. No sólo por la trascendencia de la obra y del Museo del Louvre, sino también por la pericia del ladrón, que actuó con un sigilo tal que nadie advirtió el hurto del cuadro hasta que transcurrieron 26 horas.

Un editorial publicado por el diario Le Figaro señalaba entonces que la sustracción sobrepasaba la imaginación de los administradores del Louvre, de la policía francesa y de los periodistas que cubrían la información: “Tal ocurrencia parece al principio tan enorme que uno se siente tentado a reír como si se tratara de una mala broma”.

Más que una broma, parecía en verdad una pesadilla para los investigadores: el robo se había concretado el 21 de agosto de 1911 en pleno día y su autor no había tenido más que descolgar el retrato, dirigirse hasta una puerta lateral y deshacerse de su bata de empleado de limpieza para lograr su cometido. Luego, caminó con La Gioconda bajo el brazo por las calles de Paris y se detuvo frente a la puerta de la pensión donde vivía, en Montparnasse.

La Gioconda, también bautizada La Monna Lisa, es un óleo hecho sobre una tabla de álamo que mide 77 centímetros de largo por 53 de ancho y fue pintado entre 1503 y 1506. La tesis mejor documentada indica que es el retrato de Lisa Gherardini, esposa del comerciante Francesco del Giocondo, de donde surgen sus dos nombres. Todo aquel que visite el Salón de los Estados del Louvre (foto) reparará en que el cuadro está ahora protegido por múltiples sistemas de seguridad, entre ellos un vidrio antireflex para evitar las fotos con flash, y ubicado en un lugar climatizado para su preservación, dado que en los últimos treinta años comenzó a deteriorarse.

Sin embargo, la pintura de Leonardo no tenía hace un siglo su fama actual y compartía pared con otras piezas del Renacimiento en el amplio Salón Carré. Si bien no existían todavía los rayos infrarrojos ni los circuitos cerrados de televisión, el museo instalado por la Revolución Francesa en el antiguo Palacio Real del Louvre se vanagloriaba de su seguridad y de la cantidad de personas que vigilaban sus tesoros. Precisamente por eso, la sorpresa no fue poca para las autoridades no bien el pintor Louis Béroud denunció que el retrato había desaparecido.

La desorientación de los investigadores y de la prensa francesa fue total hasta el 6 de septiembre de ese año, cuando fue detenido el escritor Guillaume Apollinaire, quien había propuesto en un artículo la quema del museo “dado que allí se encarcelaba el arte”. Claro está que fue liberado a los pocos días sin haberse hallado ninguna vinculación entre el rimbombante poeta y el hurto. Lo mismo sucedió más tarde con el pintor español Pablo Picasso, quien fue demorado porque tenía antecedentes de haber comprado objetos de arte robados. A fin de ese año, el playboy belga Honoré Géry Pieret fue apresado y confesó haber sido el autor, en 1906, de un hurto que nadie recordaba, pero no el de La Gioconda. Finalmente, la policía parisina dio por perdido el cuadro y dejó de buscar al responsable.

En contraste, el público no olvidaba: durante los tres años y medio que faltó la obra de Leonardo, miles de visitantes acudieron al Salón Carré sólo para apreciar el hueco en la pared que había dejado esa señora de sonrisa enigmática.


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Tres meses antes del robo, el carpintero italiano Vincenzo Peruggia, ex empleado de limpieza del Louvre, había construido un marco protector de 80 centímetros por 55 que en su frente simulaba un retrato sin terminar. La noche del domingo 20 de agosto, visitó el museo con “su pintura”, como suelen hacer los estudiantes de arte para copiar modelos, y se escondió en un armario, donde permaneció hasta la mañana siguiente. La pinacoteca permanecía cerrada los lunes para su limpieza, por lo cual el inmigrante se confundió fácilmente con el personal de maestranza tras enfundarse una bata blanca. Vestido así, Peruggia camino hasta el Salón Carré, descolgó La Gioconda, le quitó el marco, lo encerró en su falso retrato y se marchó.

Más de dos años después, el carpintero viajó a Florencia y se presentó ante un especialista en arte de la Galleria degli Uffizi, a quien le aseguró que le devolvería a Italia su “legítimo patrimonio”. El hombre creyó que Peruggia era un vulgar estafador y quería venderle una copia de La Gioconda. No obstante, el ladrón extrajo de su baúl una tabla envuelta en una tela y apareció el cuadro de Da Vinci. Peruggia fue apresado por la policía italiana el 13 de diciembre de 1913 y la Mona Lisa retorno a París en enero de 1915.

Durante el juicio, el ex empleado del museo aseguró que su objetivo había sido “devolverle a Italia su esplendor” y que “todas las piezas maestras italianas que estaban en el Louvre habían sido robadas por Napoleón”. La dificultades de Peruggia para expresar su pensamiento y ese argumento nacionalista llevaron al tribunal a declararlo “mentalmente deficiente” y a sancionarlo con apenas ocho meses de prisión. 

Ahora bien, ¿cómo fue que una persona con capacidades limitadas plasmó un robo genial sin que nadie lo notara? Los jueces admitieron que el proceso quedaría inconcluso porque nada se sabía del autor intelectual.

La verdad se conoció recién en 1931, cuando falleció el estafador argentino Juan María Perrone, nacido en la ciudad de Rosario y autoproclamado “marqués Eduardo de Valfierno”: Peruggia hurtó La Gioconda siguiendo un plan de Valfierno y del pintor francés Yves Chaudron. Tras apoderarse del retrato, Chaudron efectuó seis copias que fueron vendidas a cinco coleccionistas norteamericanos y uno brasileño por 300.000 dólares cada una. Mientras se concretaba la múltiple estafa, el carpintero mantuvo escondido el cuadro auténtico bajo la cama de su pensión en Montparnasse, a 30 cuadras del Louvre.

El caso jamás se hubiese desentrañado totalmente si el ego de Perrone no lo hubiera conducido a relatar la historia a un periodista con la condición de que la publicara después de su muerte. En efecto, el rosarino falleció a los 81 años en los Estados Unidos y entonces se supo que el robo de La Gioconda fue una operación de ingenio ejecutada por un hombre de capacidades limitadas y pensada por el hijo de una sirvienta que, en París, se transformó en un “personaje de la gran sociedad” durante la Belle Époque.

Una hermosa versión de su vida fue plasmada por Martín Caparrós en la novela “Valfierno”.


Imagen: Musée du Louvre