Pequeñas tragedias de la vida cotidiana



Primera advertencia: nadie sale indemne después de leer a Virginia Feinmann. Quienes la siguen a través de sus intervenciones en Facebook, en el suplemento Verano del diario Página/12 o en Gaceta Mercantil -donde publicó varios cuentos- ya han “sufrido” la voz intimista e ilusoriamente ingenua de esta escritora que suele construir microclimas complejos en apenas unas líneas, a la manera de las distopías más políticas de Philip K. Dick o los textos hiperrealistas de Sergio Bizzio. Ahora que podemos medir una serie de relatos en un libro y analizar de un tirón las cadenas narrativas que construye, sabemos que el peligro es mayúsculo porque se vuelve adictiva. 

Y no exageramos al decir que Toda clase de cosas posibles, publicado por Colección Mulita, es un libro adictivo. Si uno se adentra distraído en estos 52 relatos, lo primero que halla es un registro claro y armónico que engaña, que le miente al lector en el sentido preciso que le corresponde mentir a la ficción. Por ejemplo, lo que en apariencia es un pequeño ensayo sobre el romance de la escritora Marta Lynch y el genocida Emilio Eduardo Massera termina, mediante un salto al vacío, en una confesión de abuso sexual y en sueños sadomasoquistas de una narradora. Y un chofer de colectivo demasiado amable para los tiempos que corren no es sólo una persona demasiado amable, es también un hombre a punto de un brote psicótico.

Estas mise en scène desopilantes ponen en relieve, como elementos estructurales de la construcción literaria, a personajes que nunca son unívocos, que más bien tienen un anverso y un reverso que los hace diferentes, como “guasones” dubitativos. La abuela mala de toda maldad puede, en algún caso, ser infinitamente buena para tejerles mantas de lana a los sin techo que viven bajo un puente. Y el núcleo familiar no es únicamente el ámbito de paz y amor que nos venden El Vaticano y Hollywood desde La familia Ingalls. Es, además, el lugar de “lo siniestro”.

En efecto, Feinmann parece trabajar siempre en ese borde que definió a principios del siglo XX Sigmund Freud como “das unheimlinche”: todas las reuniones con familiares y conocidos se torna súbitamente extrañas, descentradas, con padres, madres, tíos y amigos que parecen extranjeros (en el sentido que le dio Camus al término), con matrimonios siempre separados o en tren de disgregación, con actitudes de desapego que en principio asustan, pero que en realidad son escenas cotidianas de la vida “clasemediera” en una ciudad.

Por caso, un cuento que se inicia con un toque de trivialidad nos desarma luego con una cadena tanguera que secuencia el amor, el maltrato y el abandono como sentimientos que se desean y a la vez se odian.

Ahora bien, esa misma cadena puede invertirse cuando un objetivo sin ninguna importancia real –aunque fuertemente simbólico- logra evitar un divorcio, como el cuento en que una caja de fósforos Gran Fragata salva a una pareja de un naufragio irremediable. En otros relatos, un objeto puede remitir a otros en articulaciones poco lógicas y fuertemente sentimentales: una zapatilla que lleva el amante de turno remite, necesariamente, a flores violetas en el balcón de una antigua vivienda donde se fue feliz.

De “lo familiar” a “lo siniestro” hay, a veces, un solo gesto o un solo paso que apenas percibimos. Como los personajes atormentados de Dostoievski o los personajes resignados de Kafka, los de Toda clase de cosas posibles suelen ser divertidos y arbitrarios: asocian hacer asados con tener sexo (o, más bien, con que “se la pongan bien”), eligen a un médico por sus manos “guerrilleras”, o se lanzan al elogio de una nariz que se debate entre la falta de oxígeno y la personalidad, con preguntas que ni es mismo Hamlet se atrevería a formular ante el fantasma de su padre.

A esta altura de la reseña, debemos hacer nuestra segunda advertencia: un lector que ingresa desprevenido a Toda clase de cosas posibles puede confundir a las sucesivas narradoras en primera persona del singular y a las protagonistas de los relatos (siempre mujeres, siempre al borde de un ataque de nervios) con la autora del libro. No, sería un error, o sería una escritora con personalidad múltiple al borde de la esquizofrenia… Es que el segundo engaño constructivo de Feinmann –el que la hace una gran narradora- consiste en trabajar un “yo” que se multiplica, que siempre es “ella misma” y nunca lo es del todo.

En síntesis, un modo de acercar al lector a las historias que narra: detrás de una máscara realista (soy transparente, así es mi vida), Feinmann te envuelve despacio y te sumerge, como de casualidad, en una vorágine de hechos insólitos, hechos que sin cruzarse con fantasmas sobrenaturales, nos descentran de la realidad inmediata y pone el foco en otro punto: en un monoambiente con zócalos y ventanitas que a un personaje lo remiten al Palacio de Buckingham; o en un zapatito de bebé que recuerda la decisión de no tener hijos; o en una psicóloga que adora contar chismes de sus pacientes; o en los límites que nos pone a todos una tragedia de la magnitud de República Cromañón.

Una mezcla muy bien dosificada de hiperrealismo e inverosimilitud, casi tan fascinante como los sueños que dicen tener las narradoras, o una de las narradoras entre las tantas posibles que es la de este libro. Por todo esto, reitero, nadie sale indemne después de leer a Virginia Feinmann.