New Pompey: historia de un fracaso de clase media
New Pompey, del escritor y periodista Horacio Convertini, no es una novela policial. Al menos, no es solo una novela policial. La literatura de género, como es sabido, está determinada por una serie de reglas más o menos fijas, fórceps que se imponen a la narración de manera implícita y muchas veces la fagocitan bajo sus normas.
En este caso, Convertini demuestra que conoce esas reglas (al cabo es uno de los referentes de la novela policial argentina actual), para saltearlas, para soltar amarras e ir más allá, hacia una literatura a secas, una narración que bien podría ser leída como la historia de un fracaso, al mejor estilo del Grupo de Boedo o de los grandes novelistas rusos del siglo XIX.
El factor policial de New Pompey, publicada por Del Nuevo Extremo, es apenas el anticipo y la ejecución de un robo, un robo que resulta simpático por aquello de “el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Además, está centrado en un personaje, un malandra de barrio, un ratero menor, el Chino, quien en medio de la crisis más brutal que recuerde la Argentina moderna, la del 2001, anda por la vida con la despreocupación de los que tienen la suerte y el saber popular de su lado.
De todos modos, nos gustaría referirnos a la “historia de un fracaso” porque es allí donde Convertini expone sus armas más sutiles y lleva de la nariz a sus lectores hacia la vida de su personaje principal, Carlos Liserra, bautizado “Cali” por el Chino.
Cali es una personificación distorsionada (como si fuera vista a través de un prisma convexo que exagera) de la clase media baja de un barrio humilde, por supuesto Nueva Pompeya En ese protagonista conviven como ecos desterrados de otros tiempos los mitos barriales, la madre absorbente, una idea fundacional de los inmigrantes de que los hijos deben superarse a través de los estudios (el deseo fervoroso de “M’hijo el dotor”) y, sobre todo, el honor de ser “bien macho” en la pelea, como lo era, supuestamente, el padre de Cali.
No obstante, y acá entra a tallar la pluma exacta y las obsesiones del narrador, esa refracción nos impone de a poco que Cali es, más bien, un prototipo imperfecto ya que encarna todo aquello de debió haber permanecido escondido en la casa. Por ejemplo, desde la adolescencia, Cali sabe por una joven prostituta-adivina (la hija del billarista Cato) que a él “no le gustan las mujeres”.
Cali, destinado a ser el médico de la familia (por su madre) y el macho boxeador de la cuadra (por su padre), es “puto”. Y es periodista, un métier puesto en cuestión en las últimas décadas y considerado “hermana venida a menos” de las profesiones en serio.
En este sentido, la historia de Cali es rica y traumática porque Convertini usa ese lente para transformar la realidad cotidiana en una ficción confesional. Y lo hace con un lenguaje que atrapa desde el primer capítulo. Y si bien puede hacer demasiado hincapié en la derrota, en el fracaso al que se refiere el título de esta nota, también narra los vaivenes de la condición homosexual (el miedo a asumirse, las obligaciones de consumar, las desavenencias del amor con José, la pareja de Cali) como contraste de una historia de amistad sin fisuras.
O, mejor dicho, una amistad con grietas profundas que son superadas porque, en los laberínticos códigos barriales, el amor de los amigos termina siendo más fuerte. Aun cuando el personaje enfatice que vive hundido en una soledad angustiante, el Chino (malandra, vivo de barrio, chorrito, vividor y machista insoportable) siempre está atento a su amigo Cali. Su amigo a pesar de…
Porque, claro, ese personaje homofóbico casi no soporta que su mejor amigo sea homosexual y, por eso, ataca a su pareja o utiliza el latiguillo “puto” cada tres palabras, como los chicos de esta época se llaman entre sí “boludo”.
Una mención aparte merece la Nueva Pompeya apocalíptica de New Pompey, acaso otra distorsión que parece internarnos en la película Blade Runner o en cualquier barrio del sur de la Capital Federal venido a menos. Sin dudas, allí utiliza el mismo procedimiento de identificación entre la realidad y las pesadillas del recuerdo, como lo hace cuando identifica al narrador con Cali.
En una entrevista, el autor aclaró el malentendido, si es que hubo malentendido: “El barrio es mi barrio; la casa es mi casa; el club es ése. La novela es un ejercicio que está muy pegado a mi vida. En la realidad no hubo asalto, ni violación. Tampoco soy gay, como sí lo es el protagonista. Pero busqué acercarme al personaje. Provocar y provocarme determinadas emociones”.
Acaso el secreto de New Pompey sea el canon narrativo del que se apropia Convertini para avanzar en la verdadera historia de amor que cuenta: realismo crudo, escenas violentas, un héroe y un villano intercambiables entre sí y la psicología como un factor de introspección de los personajes. Más que una “novela-tango”, como la llama Gabriela Cabezón Cámara en la contratapa de la edición, podríamos denominarla una novela de lo siniestro, de lo que debe quedar oculto en el hogar y, sin embargo, emerge.