Clase de poesía china
a la princesa de San Petersburgo
Como bien saben ustedes, estimados alumnos, las leyendas medievales florentinas suelen reseñar casi siempre, por no decir siempre, las luchas feroces entre los partidarios del Papa, la familia de los Güelfos, y los seguidores del Sacro Imperio Germánico, la familia de los Gibelinos. Una adaptación algo más moderna de la guerra entre los elfos y los orcos en la Tierra Media de Tolkien… ¡Sí, ya sé, no fue una buena broma! Dejémosla ahí.
Además de las pendencias políticas y religiosas referidas por Dante Alighieri en la Divina Comedia, hubo en la Toscana de aquella época cientos de relatos extraordinarios, muchos de ellos considerados antológicos en la actualidad, que circulaban anónimamente entre ambas orillas del Río Arno. Pues bien, una parte importante de esas historias que les menciono nacieron de la pluma de un comerciante, viajero y poeta latino –lo que nosotros denominaríamos un aventurero, una especie de Indiana Jones medieval– que concretó cuanto menos tres viajes a la China Imperial, más milenaria y enigmática que en siglos posteriores. El aventurero es uno de nuestros temas de hoy…
¿Que cómo se llama? Francesco Aulo Gelio. Se los escribo en la pizarra… Aulo Gelio, el hombre de los viajes a Oriente, aprendió las misteriosas lenguas de esos clanes familiares, asimiló algunas de sus costumbres y tradujo a un decena de escritores chinos, allá por el 1300, cuando ya estaba instalado en Roma el Dolce stil novo de Il Giotto. De hecho, lo poco que conocemos en Occidente de la literatura oriental de ese período se lo debemos a este personaje singular.
Las versiones de aquel toscano, ahora un tanto olvidado por los críticos de arte y de literatura, permanecieron extraviadas a partir de su muerte según se dice, pero fueron encontradas casi dos siglos más tarde por un copista benedictino en un estante de la Biblioteca Municipal de Florencia.
Desde entonces, se popularizaron entre los estudiantes italianos de literatura los poemas de un trovador chino, que es admirado tanto por la calidad de su escritura, como por las emociones que inspira en el lector y la vida fascinante que habría llevado, según los testimonios que recogió Aulo Gelio. Para decirlo claramente, llevó una vida rodeada por un enigma que le quitó la vida, valga la redundancia… ¡No sea impaciente, mi amigo, ya vamos a llegar al punto medular de la clase y conocerá el nombre de nuestro poeta oriental!
Decía que quienes frecuentan la leyenda del juglar chino, sea por su interés en lenguas antiguas, sea por sus estudios en sinología, sea porque les fue narrada de casualidad y se entusiasmaron con la fábula, se preguntan –y yo diría que con acierto– si el relato de Aulo Gelio es verdadero… Si ustedes me hicieran esa misma pregunta, les respondería que no tiene relevancia, que es una historia bella y eso la justifica.
Y respondo a su pregunta en la pizarra: Li Fu-Yin, tal el nombre del poeta en cuestión, había nacido en la ciudad de Tchang Tso bajo el imperio de la Dinastía Tang, un poco después del año seiscientos de la Era cristiana. Para que ustedes se ubiquen en el tiempo, en ese momento los chinos inventaban con su paciencia oriental la cerámica. Li Fu-Yin fue a la vez artesano en materias primas y poeta, una combinación que nosotros juzgaríamos un poco exótica. Y acostumbraba recitar sus versos en una plaza llamada Tai, frente al Palacio del Regente Imperial, donde se reunían comerciantes, pastores y productores a intercambiar sus piezas. Algo así como un mercado persa en donde surgió el yuan.
Según las crónicas de Esquelas orientales, el libro de Aulo Gelio que cuenta sus viajes a Oriente –un libro muy minucioso, con una narración seca y concreta–, este trovador chino tenía la particularidad de cantar estrofas de sus canciones mientras trabajaba en las artesanías. Esta facultad le había facilitado la estima de sus colegas y una pequeña fortuna con la orfebrería y el tallado. Tanto en metales semipreciosos como en madera, Fu-Yin grababa odas y poesías que le cantaban melancólicamente a una amada imposible.
A propósito, la Biblioteca Municipal de Florencia expone en una de sus vitrinas, aun en la actualidad, tres o cuatro poemas de Li Fu-Yin traducidos al latín y al toscano por Aulo Gelio. Luego, esas estrofas fueron versionadas en español por el periodista italo-argentino Martín Ungaro. Paso a leerles algunas:
El rumor
de los lirios marcescibles
esculpió tus ojos
en una piedra yerma
Ahora,
no alcanzan
todas las palabras
del imperio
para detener
el manantial
de reflejos.
* * *
Les decía que aquellos que se introducen en este cuento chino, si me permiten la broma… ¡Sí, fue un chistonto, ya lo sé, alumno! No soy medievalista, los chistontos son mi verdadera especialidad… Aquellos que se permiten ingresar en este cuento de Aulo Gelio experimentan ante Li Fu-Yin, nuestro segundo tema de hoy, una gran conmoción: la memoria del mundo registra escasos gestos de tanto romanticismo como el de este poeta. Y a raíz de su gesto, precisamente, las estrofas que se conservan en la Biblioteca de Florencia fueron traducidas a diversas lenguas romance a partir de la versión latina o la toscana. Escuchen esto:
Un tallador
de tinturas
y piedras ahuecadas
por el estampido
de las sales
bosqueja tu figura:
lo más simple
de la estampa
te concibe eterna
aunque sea
por un instante
fugitivo.
A pesar de su arte, que ustedes pueden juzgar por sí mismos, a pesar del carisma que le adjudican las crónicas de Gelio, a pesar del cariño que le profesaban sus compañeros de trabajo y el pueblo de Tchang Tso en general, Li Fu-Yin vivió tan sólo 23 años a causa de la traición de uno de sus viejos amigos, el que se reveló para la posteridad no tan amigo… ¡Ya lo verán!
De acuerdo con los testimonios recogidos por el traductor latino, resulta ser que el poeta enviaba en secreto esquelas sentimentales con sus composiciones en verso a una princesa de belleza inconmensurable… Ho Yu, una de las hijas más jóvenes del Emperador Tang. La chica, según la leyenda, aceptaba de buen grado las cartas del artesano galante y las conservaba en una caja de oro con sus pertenencias más valiosas… Un hecho que, al cabo, destrozó a aquellos jóvenes románticos.
Esta pasión platónico-epistolar, por llamarla de alguna manera, prosiguió un par de años hasta que el supuesto amigo de Fu-Yin, quizá por celos o por envidia, sembró la discordia entre aquellos amantes heterodoxos: el muy jodido –tengo mis argumentos para calificarlo así– divulgó la operación furtiva de Li Fu-Yin en el oído del Jefe de la Guardia Imperial en una noche de copas. Éste, botón como buen militar, le comunicó la novedad al Cónsul de Tchang Tso, el Cónsul le escribió al Regente de la Casa Imperial y el Regente se lo informó al Emperador… Toda una cadena burocrática de delaciones que resultaron fatales. Por supuesto que el Emperador, que por algo era el Emperador, revisó las pertenencias más íntimas de Ho Yu y encontró las cartas…
Como los plebeyos –y con más razón los artesanos, que estaban por debajo de los plebeyos en la escala social imperial– tenían prohibido siquiera mirar a los integrantes de la dinastía soberana, el Regente del Emperador le ordenó al Cónsul decapitar a Li Fu-Yin en la misma plaza pública donde se instalaba el mercado. El mandato fue fielmente cumplido por el jefe de la Guardia Imperial. Sí, la entiendo alumna, la China tuvo siempre costumbres indescifrables para nosotros, los occidentales.
Aulo Gelio agrega otro dato curioso acerca de su poeta preferido. Dice que sobre la tumba de Li Fu-Yin había una lápida grabada con el siguiente epitafio:
El artesano de la plaza
raspa
con un cincel
heridas en la memoria
sabe que tu nombre
trasunta
el límite
de todos los sentidos.
Los críticos literarios que estudiaron las leyendas florentinas consideran que este último poema, sin duda compuesto por Li Fu-Yin, se refiere a su propia aventura epistolar y a la preservación del nombre de su amada más allá de la muerte. Les explico algo: Ho significa memoria y Yu significa plaza, en la lengua de la dinastía Tang. Aunque parezca inverosímil, su amada se llamaba en español Memoria de la Plaza… Algunos sinólogos, entre ellos Aulo Gelio, aseguran que estos versos fueron escritos durante la aurora del día en que se cumplió la sentencia capital. Todos sospechan que estuvieron dedicados a Ho Yu, la princesa de 15 años que fue encerrada hasta su muerte, diez años después, en un altillo del Castillo Imperial por atesorar las cartas de un artesano.