Piel resquebrajada



a A.R.


Luciana sentía los recuerdos de aquel miércoles de octubre entre las costillas, como una punción en el hígado o una úlcera que la enclaustraba en un permanente estado de agitación y melancolía. Un disco de Astor Piazzolla giraba sin pausa en el living de su departamento y, por momentos, la distraía de la llamada que esperaba y desesperaba, la llamada que nunca llegaría.

Siempre esperando, Luciana, siempre esperanzada.

Desde una pared, un retrato a lápiz de Ingmar Bergman la observaba con su ojo clínico y analizaba junto a ella la situación: Luciana no sabía si la miraba Fanny, Alexander, o La Muerte de El huevo de la serpiente. No obstante, seguía concentrada en los olvidos de un teléfono dormido y en el deseo de la voz ausente.
«Sólo no existe el olvido», parafraseaba una y otra vez a un poeta menor del Olimpo. Ya sin ilusión, ya sin pena.

El humo de sus cigarrillos –ondas informes que se perdían en el cielo raso de la habitación– dibujaba hímenes de añoranza que la retenían sobre la cama. No tenía el valor de correr desesperadamente hacia el número que la rescatara de sus evocaciones, que le diera vida a esa sensación resbaladiza que le resquebrajaba la piel.

Afuera, el otro cielo, un gris plateado que ella y Daniel habían adoptado en un juego de rayuelas, se caía a pedazos y los ruidos andróginos del barrio presionaban en su nuca como una pinza.

Desde otra foto, John y Paul la contemplaban:

–Déjalo ser –murmuró sin darse cuenta de que el bandoneón de Piazzolla gravitaba cadencias que se malograban, como las volutas de humo, en un espacio donde se mezclaban el aspecto desertor de la foto de Daniel y las postales de un viaje definitivo, cuando el azar los paseó por Madrid y Barcelona.

Morriñas, saudades.


* * *

El secreto que ella retenía se escapaba por su rostro demacrado: Luciana había aceptado con naturalidad la tristeza desde aquel miércoles de octubre en que él, su fotógrafo preferido, partió para siempre. Por eso se abrazaba a las viejas fotos colores sepia de la avenida Corrientes, a las reproducciones de Quinquela, a los acordeones desafinados de cada esquina de San Telmo.

La falta de Daniel la conducía a verse como un maletín rojo: maletín, porque guardaba fantasías y recuerdos extravagantes; rojo debido a que convivía con idea libertarias y, a veces, contradictorias.

«Mi maletín», se decía, «esconde una foto de Ernesto, dulzura negra, sal de barba. También un ejemplar de La revolución permanente, con una foto del viejo León y un recorte de La Prensa de aquel fatídico 21 de agosto de 1940, cuando la pica del traidor enviado por el carnicero georgiano».

Nada de eso, sin embargo, la alejaba de su propósito: instaurar en su memoria la memoria de Daniel, de su Quijote asesinado por un policía bonaerense de gatillo fácil en un baldío cualquiera, mientras tomaba fotos de un apriete.


* * *

Piazzolla sonaba, seguía sonando, con un dejo de nostalgia porteña.

El cigarrillo se consumía como si la lumbre quemara, incluso, los pobres ensueños de Luciana.
Bergman, siempre el mismo sueco loco, se confundía en las paredes con Fanny, con Alexander, con La Muerte, o con la propia Luciana, que estaba medio loca también de tanta pena.

El teléfono descansaba mudo, en su peculiar indiferencia.

John y Paul continuaban abatidos, quizá de escuchar sin cesar los mismos tangos, las mismas morriñas.

Como esa mujer que remontaba despacio otra larga noche en vela, siempre esperando, a veces desesperanzada por no haberse estrechado con el imposible regreso de su fotógrafo preferido.
Luciana lloraba la ausencia de Daniel aun entonces, cinco años después, porque si bien comprendía que desde la cama vería ingresar mejor al hombre que amaba, el disco de Piazzolla estaba a punto de finalizar.


© José Luis Cutello
Buenos Aires, 1987