El hombre que soñaba con ser estrangulador
a Ricardo Piglia, in memoriam
«Una vez que se le tiró encima y la dominó bajo su cuerpo, que la tuvo con los brazos y las piernas inmovilizadas, le envolvió el cuello con una de sus medias, una media de nylon o de seda, no recuerdo, y estiró con todas sus fuerzas hasta que ella dejó de respirar… Luego abandonó el cuerpo desnudo a un costado de la cama… ¡Fue una noche sensacional!». Cómo aseguró el escritor y crítico Ricardo Piglia, sólo aquellos que estuvieron en prisión tienen algo interesante para contar.
Al menos así lo pensaba ese día George Nassar, un esquizofrénico de mediana edad al que el Estado de Massachusetts le había conmutado la pena de muerte por prisión perpetúa en la cárcel de Cambridge, tras ser considerado culpable de un doble homicidio. Nassar estaba asustado, no lo podía creer: su compañero de celda, un tipo que decía llamarse Albert DeSalvo y que estaba detenido por abusos sexuales, le narraba paso a paso, como en una pesadilla, pormenores de los once asesinatos que la justicia no había conseguido resolver en la ciudad de Boston y de otros dos que eran absolutamente desconocidos para la policía y el mundo del hampa. El Caso del Estrangulador de Boston, como lo bautizó la prensa norteamericana, se desarrollaba íntegramente ante los ojos de Nassar, quien no sabía si estaba en presencia de otro desequilibrado como él o de un fabulador insuperable.
En realidad, nadie nunca lo supo.
Sin embargo, la narración resultaba tan coherente y verosímil que DeSalvo fundamentaba su penoso accionar con las mujeres estranguladas en los maltratos físicos y psíquicos que había sufrido de niño, víctima de un padre irascible y degenerado, y una madre apocada y borracha. Para entonces, George Nassar había escuchado suficientes confidencias de su camarada de reclusión como para regresar a un hospital psiquiátrico o suicidarse.
Pero no… Ni se suicidó ni regresó a un hospital. En un rapto de lucidez, resolvió apelar a su abogado defensor y colaborar con el esclarecimiento de varias causas que habían perturbado durante dos años a los detectives del FBI, una decisión que le reportó una reducción del tiempo de condena. Es decir, delató al hombre que le narraba una y otra vez: «Una vez que se le tiró encima y la dominó bajo su cuerpo, que la tuvo con los brazos y las piernas inmovilizadas, le envolvió el cuello con una de sus medias, una media de nylon o de seda, no recuerdo, y estiró con todas sus fuerzas hasta que ella dejó de respirar… Luego abandonó el cuerpo desnudo a un costado de la cama… ¡Fue una noche sensacional!». Y, de paso, lo catapultó a la fama como El Estrangulador de Boston.
El expediente de este caso contiene datos curiosos, muchos… El más insólito, el que puso en guardia a los detectives, fue sin duda que el confeso estrangulador ratificó delante de un juez el testimonio de Nassar. Además, describió con lujo de detalles cómo se había concretado cada uno de los crímenes y qué sentía en el instante que lo abrumaba el impulso de matar… Eso sí, los homicidios eran referidos en tercera persona, como si los hubiera cometido su otro yo. Uno de los peritos concluyó que estaba loco; un fiscal dedujo que DeSalvo deseaba notoriedad; los periodistas que cubrieron el juicio –más desconfiados por naturaleza– especularon con que el hombre quería vender una historia truculenta a una editorial o un estudio de Hollywood.
Quizá por esto, a nadie le resultó extraño que DeSalvo trastornara a sus ocasionales compañeros de celda con relatos basados en maltratos físicos y psíquicos, o que fuera cambiado varias veces de pabellón porque estaba en riesgo su vida… Sucedió en una, dos, tres oportunidades, hasta que el 26 de noviembre de 1973 un guardiacárcel que hacía el recuento de convictos lo encontró exánime en su celda: había sido apuñalado con una faca artesanal.
El asesino, por supuesto, nunca fue descubierto.
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Al momento de ser asesinado de seis puntazos, DeSalvo había alcanzado la fama de una leyenda urbana, de un mito del mundo del hampa, y era objeto de interés por parte de psiquiatras, narradores policiales y cineastas, aun cuando la justicia recelara de sus confesiones como homicida serial. El director Richard Feischer había filmado en 1967 su historia con un elenco plagado de estrellas como Tony Curtis (en el papel del estrangulador), Henry Fonda y George Kennedy, entre otros. El guión se apoyaba en su propia narración y en informaciones publicadas por los diarios de Boston: entre junio de 1962 y enero de 1964, once mujeres fueron halladas estranguladas en la capital de Nueva Inglaterra. Todas habían sido asfixiadas con medias de nylon, de seda u objetos similares. El resto, consistió en una buena síntesis de la imaginación de DeSalvo, el hombre que se fabricó una vida de película.
La primera víctima fatal, Ana Slessers, de 55 años, fue hallada en la bañera de su departamento y tenía el cinturón de una bata de seda alrededor del cuello. Mary Mullen, de 85 años, apareció ahorcada en su casa con medias de seda. Dos días después, el cuerpo de Nina Nichols, de 68 años, fue descubierto en un apartamento del barrio de Brighton. Ida Irga fue estrangulada en su departamento, pero también fue víctima de la primera actitud anómala del homicida: sus tobillos habían sido clavados a una silla de madera. Jane Sullivan, de 67 años, fue encontrada con una media alrededor de cuello y la cara sumergida en la bañera de su casa… Hasta ahí, la serie consistía en mujeres mayores, blancas y de un buen pasar económico.
En el siguiente caso, El Estrangulador de Boston mostró un cambio de rutina: mató a Sophie Clark, una joven negra de 20 años, que además fue violada. Aunque no encajaba con el perfil de las otras víctimas, la policía estaba segura de que era obra del mismo asesino… A los pocos días, Patricia Bisette fue hallada con una media en su cabeza. A mediados de 1963, Beverly Sammas, de 23 años, fue asesinada de una puñalada en la garganta, aunque una media de seda había quedado alrededor de su cuello como marca de identidad. Evelyn Corbin, de 58 años, fue asfixiada con sus propias medias en septiembre de ese mismo año. El último golpe fue dado el 4 de enero de 1964, cuando María Sullivan, de 19 años, fue violada, torturada y asesinada con una media. Del dedo gordo de uno de sus pies, colgaba un cartel que decía: «¡Feliz año nuevo!».
Esta parecía ser la obra cúlmine de un psicópata. Sin embargo, la policía, que siguió su rastro desde el primer crimen, jamás pudo atraparlo ni sospechó seriamente de nadie, mucho menos de un tipo como DeSalvo. Desesperados, los detectives a cargo de la pesquisa recurrieron a un vidente, que señaló que el homicida era un paciente psiquiátrico que había escapado del State Hospital los días que se habían producido los asesinatos. Su pronóstico fue errado y lo despidieron.
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La reconstrucción de su pasado aclaró algunas cosas, no muchas en verdad: DeSalvo se había dedicado, durante su carrera delictiva, a perpetrar ataques sexuales repentinos, sin planificación, bastantes rudimentarios, mientras El Estrangulador de Boston ejecutaba a sus víctimas con métodos sofisticados. Según las denuncias que se acumularon en distintas sedes policiales, el confeso criminal cometió unos 300 abusos, desde manoseos en las calles a dos violaciones en un parque… Así hasta que el 6 de noviembre de 1964 fue arrestado por un policía que lo capturó in fraganti. El médico legista que lo revisó recomendó enviarlo a un hospital psiquiátrico porque mostraba «comportamientos perturbados» y «tendencias suicidas». Una semana después, un juez resolvió encerrarlo en la cárcel de Cambridge. Tenía 32 años.
El hombre que quiso pasar a la historia había nacido 3 de septiembre de 1931. De pequeño, fue alquilado por su padre a un granjero como trabajador esclavo durante las cosechas y fue testigo privilegiado de las numerosas palizas que recibía su madre. No fue raro entonces que el chico pasara días en prisión por delitos menores y violencia callejera. A los 17 años, dejó la escuela y se alistó en el Ejército norteamericano. En 1949, fue destinado a Alemania occidental, donde conoció a su futura mujer, Ingrid, con quien tuvo dos hijos. En el ’56 fue echado de la fuerza por «mala conducta sexual con una veterana».
De acuerdo con los análisis que los peritos psiquiátricos efectuaron tras su detención, DeSalvo era «un pervertido» pero no tenía «las características del asesino serial y mucho menos su inteligencia». De hecho, no fue arrestado como autor de un homicidio, no recibió imputación de ningún fiscal y mucho menos fue juzgado en un tribunal. La atribución de los estrangulamientos surgió de su relato (un desahogo en voz baja, alucinado, grabado en una cinta en 1965), de los periódicos amarillos y de una creencia popular que lo señaló como El Estrangulador de Boston y lo identificó con el actor Tony Curtis.
El detective investigador del caso, James Mellon, estimó siempre que DeSalvo hacía «una farsa» con el objetivo de lograr notoriedad y vender su historia, como en efecto logró. De hecho, confesó cada uno de los once asesinatos oficiales del estrangulador y le añadió dos más, dos que no figuraban registrados en los expedientes judiciales… La gente que lo conoció personalmente y que trabajó con él puso en duda también que fuera el célebre asesino. En tanto, la Policía de Boston se mantuvo en silencio porque no quería que le ocurriera lo mismo que a la Policía de Londres con Jack, el destripador y se limitó a encarcelar a un psicópata. Total, los estrangulamientos habían acabado.
Las fantasías –y las incertidumbres– continúan rodeando hasta hoy a Albert DeSalvo, quien se llevó a la tumba la verdad y su relato estremecedor, ese que le dictaba todas las noches al pobre de George Nassar, quien con el tiempo debió ser internado en un hospital psiquiátrico: «Una vez que se le tiró encima y la dominó bajo su cuerpo, que la tuvo con los brazos y las piernas inmovilizadas, le envolvió el cuello con una de sus medias, una media de nylon o de seda, no recuerdo, y estiró con todas sus fuerzas hasta que ella dejó de respirar… Luego abandonó el cuerpo desnudo a un costado de la cama… ¡Fue una noche sensacional!».
Es que DeSalvo, claro está, tenía algo para contar.